agosto 01, 2006

María, del stand up a lo inefable

a M. C.


... como una ciudad perdida, uno sabe de sus profundidades, de sus oropeles pegajosos urdidos en el soliloquio abisal de un flash. Como una ciudad partida, uno sabe de sus disgregaciones, de sus maculados espejos desprendidos del sometimiento ulceroso de la espalda de un negativo. Era ese daguerrotipo nunca hundido hasta el ojo por el glamour desconcertante de las aves. Ese canario que avisa, adelanta una voz perenne, la que vendrá después. Emergerá hasta clavarse en la nuca y pondrá en el agua, el suplicio de una gota que no perece hasta parecer gota, hasta mojarse en el estiaje. ¡Quién la haya visto correr desnuda en los resquicios de un vaso, mi silencio, la placenta de la tarde!. ¡Quién la estuviera viendo caminar descalza sobre las migas de pan calientes, su instinto, las escaleras enroscadas en la garganta!. ¡Quién la tendrá que ver descansar inerme en la secuela animada del papel manteca, nuestra definición corporal, los arrebatos del vals desperdigados!. Yo quería tocarla una vez. Ella prefirió la marea. Yo quiero verla en cuclillas. Ella supone la oscuridad del océano pretérito, inalcanzable. Yo quisiera contenerla. ¿Ella aceptará la inmensidad?. Ahora somos como amebas incrustadas en la geometría de una figura ladeada. Una ameba más pequeña que una ameba normal. Una ameba sangrante.... Somos la postal de un recreo tardío, y la portera envuelta en la culpa, nos redime, nos vuelve al dado. Ensaya un ecosistema en el pizarrón finito y lo borra con un trapo húmedo. Somos saliva riesgosa, ajíes de otro lugar, estertor de pencas en lo inhóspito de la espina dorsal. Se vuelve del fondo cuando la isla acata la cercanía, la precisa y la calma. Se vuelve fondo cuando hay granitos de arena expuestos al corte de luz, en la lejana imprecisión de las costas. Ahora un beso es mucho más que un par de dibujos paisajistas en la mente. Como saber que la muerte sorbe detrás de cada espacio y desconocer el punto cardinal preciso. Un beso es lo nunca dicho. Lo que no puede decirse, lo que se queda en las encías palpitando la necesidad del labio. La costura de Hitchcock sin cuestionar, la huella de un hámster cónico en los bíceps de la cría huérfana. Un beso es la fruta abrillantada del budín, once días después de las fiestas. El ruido blanco prematuro, el celofán plasmado como intervalo nupcial. Un beso es como la doble vida del aire queriendo espesarse hasta cambiar su estado, mutar a todos esos monólogos camicaces del habla, convertirse en poro. Quiero regalarte un cirquito cansado de hablar en vano, un renglón trazado con ceritas, una hamaca paraguaya con olor a uva chinche despojada de la parra de la nona, una vena de arlequín. Quiero regalarte un cirquito lleno de encías, labios y sonrisas de payasos decoradores de paredes inquietas en las casas de anaqueles, un helado de limón con cucurucho sentado en el cordón de Pellegrini mirando como pasa el camión de la basura a la espera de un candi, un intersticio en la boca para ahuecar el tiempo. Quiero regalarte tantas cosas, un chocolate con almendras, un anillo hippie de alpaca en la feria, un poema sin rima, sin título, sin punto y aparte, un elemento químico que no figure en la tabla periódica, el mercado de pulgas, el mercado de abasto, el mercado de concentración con hojas de lechuga fresca para hacer ensalada temprano, un juego de agujas nuevas para tejer crochet tarde, una peatonal sin gente, un palacio de córneas, un arco iris para daltónicos, quiero regalarte este color, esta silla de plastilina, este rompecabezas que adolece hasta la última pieza, hasta el sueño. Lo que uno olvida al despertar cuando no duerme, lo bello no lo hermoso, lo etéreo no lo palpable, lo errante no lo acertado, lo mío no lo mío. Un tren por donde pasen vías, un avión por donde vuelen cielos, una hora que marque relojes, un disco de Bowie para oler, un cisne tuerto, un canapé. Quiero regalarte algo, no sé, algo que diga algo. Otra profundidad...

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