Siempre dependimos de los avatares científicos aunque no siempre supimos como armarnos después de desarmarnos. Una malformación no excede ni reniega contra las aberturas auxiliares del cuerpo aunque lograra ocasionar la pérdida de la identidad. Esto lo presiente Eusebio en su afán por conocerse. Ni lo congénito ni lo ambiental podrán detener su búsqueda.
El desarrollo no entendió los modelos ni los estereotipos asfixiados del formato disímil, fecundado a orillas de un río de esperma. Eusebio nació con un ano en el rostro, pudo utilizarlo por cara o como ésta. Su crecimiento lo depositó en la disyuntiva ocasional de verse reflejado en la cara del otro, la de los demás. Sin ser juzgado ni considerado un objeto de estudio.
Abrió la boca acomodando sus labios como aureolas inasibles cada vez que quiso manifestarse en contra o a favor de la autoridad paterna, eclesiástica o política. Todo sesgo de resistencia fue en él parte de un bullicio escabroso que suponía la incongruencia del discurso en los desfasajes orales de todo hablante. No todo lo que se escucha afuera es mejor de lo que se tiene para decir adentro.
Assface ha disfrutado de cada bocado como si estuviera incluido en la receta del mismo, siempre se ocupó de los espacios de la gastronomía como un auténtico erudito. El extremo terminal digestivo pudo también diferenciar el hedonismo hediondo alejado de las narices frías y el verdadero olor, el que supone la composición química de un plato con fisonomía oriental. Tampoco estuvo ausente la posibilidad de cepillarse los dientes aunque en este caso la utilización de un buen jabón de tocador que supiera hacer las veces de dentífrico era propicia para una higiene adecuada.
El hombre con cara de cola pudo insertarse laboralmente llevando a cabo una vida absolutamente normal, al margen de las vicisitudes que infieren las deformidades. Todo había comenzado cuando sin contrato era apenas un operario de una empresa que fabricaba supositorios. Después ascendió de categoría haciendo control de calidad hasta que las buenas noticias llegaban sin interrupciones a la vida de Eusebio y desde ese momento hasta esta flatulencia, es el gerente general de la misma empresa y la venta de supositorios ha aumentado en los últimos diez años un 300%.
Ninguna cara posible dentro de una sociedad que mama del esfínter menos casual ha sabido dominar tanto la pose. Un síntoma caricaturesco deviene del descuido facial. Eusebio coordinó cada movimiento de su cola con forma de cara con gimnasia austera y supo mantener intactos sus cachetes aglutinados o glúteos inflados, no vaciló en llorar de más aunque se le hincharan los ojos, no titubeo en morder con firmeza lo que ingresaba desinteresadamente aunque se amedrentaran las encías ni consideró inapropiado exhalar cada resto de oración canónica aunque sangre la nariz. Eusebio concilió las pretensiones del cóccix con las bifurcaciones en la frente, los desenlaces irresolutos del periné con los motines del esófago y las vanidades de cada nalga con las obsoletas arremetidas de los pómulos.
Nuestro hombreano logró conquistar la ignominia de una boca ajena, pudo besar con entereza las debilidades de una lengua cándida como alarmando las estructuras impuestas por el boca en boca. Hoy disfruta del amor anticientífico del sexo enquistado en un cuerpo normal, sin los recibos del cosmos ni los homenajes de un dios sin manos.
Eusebio espera un hijo y no le teme a la muerte, sabe que su cara no es una cara cualquiera, su cara no es una cara más. Su cara tiene cola de mujer.
agosto 23, 2009
Teratismo
junio 17, 2009
Después de la cura
Cuando lo planeó por primera vez, no era como si lo hubiese planeado antes. El acto informaba la excentricidad de un arrebato, era como si mereciera la absolución de lo discontinuo o al menos la unívoca dirección de lo que va y no vuelve. No es que la tregua estuviese desperdigada en la imposibilidad del desvelo, sino que el despliegue de sus ojos en él, la convencían de lo incipiente que todo conato presagia para ser designio. Movía el cuerpo casi imperceptible escribiendo la misma línea horizontal de los epitafios de los otros cuerpos pero en distintas verticalidades. Como si fuese el mismo pero en la diferencia, como si fuese diferente en sí mismo. Ella lo sabía en cada inscripción, en cada letra tatuada, en los alfabetos retraídos de "a night like this". Un responso del manjar, su postergación.
Al alejamiento de ciertas cosas lo determina el acercamiento a otras, un estudio ortodoxo de minúsculas caídas por las escaleras antes bajadas antes subidas, todo lo que se deshace cuando ya lo había deshecho antes. Como un beso prematuro, unos bermudas de lino miedoso a la arruga que construye piernas detrás de las manos. Ella mide la hora con la misma exactitud que él mide la espera. Las otras noches van despacio queriéndose guarecer de lo que obstruye el paso al día, un limite infrecuente de luces descoloridas y cansadas del tono agrio, del desvelo posible, de sus ojos ciertos que nunca escriben.
El perfil no se dejaba entrever acumulando protuberancias del lado derecho, hacia donde la inclinación se acentúa. El héroe de ella es preciso y ajado, se conserva como deslizando espaldas silvestres, vírgenes, huachas.
Esta noche es como una que vivió dormida acurrucada en la pose más fetal que aún la contiene. Lo arma y lo desarma desflecando sus partes más procesadas y menos apreciables por lo que antes veía mordiendo el bisturí, la patología singular que tuerce el eje del centro.
Una pierna cruzada detrás del horizonte estatuario reverberando el punteo interruptor del último sentido comunicativo que tenían las peceras con peces muertos flotadores de mentiras en dicha cercanía. Y ella se iba acercando despacio, eligiendo cada pauta que imponían sus movimientos. Esperando que él también se acerque.
El plan era viable, ni el a ni el b, sólo lo que intuyen las refracciones de lo pecuniario cuando termina la luz del foco emperador. Él iba a buscarla, ella iba a llamarlo un martes, él iba a cotejarla, ella iba a erguir su cabeza, ella iba a sugerir las mismas cosas que se sugieren cuando el tajo se agudiza despejando la infección que se somete a la sangre inamovible, él no iba a aceptar la tregua por más que los desvíos arancelen la corrección del tiempo.
Ella le dio un abrigo, hacía frío en los pasillos del patio. Le susurró algo al oído como queriendo desterrar del lugar, las miradas ajenas e influyentes. No aceptó las interjecciones del vino derramado sobre el mentón. Incluyó en su lista el alejamiento de la última pieza, determinista, festiva, inusual.
Las vértebras de esta noche fueron celebrándose quebradas en la madeja de las manos abiertas, creadoras del trono ilusorio entre los tres escalones que nadie ha subido aún y las dos semanas que le pidió.
abril 19, 2009
Diafanidad de los yuyales
Se sacudía el pelo como ardiendo el aire que dejaba entrar en el espacio firme que había entre la raíz de todo lo que me pudo mostrar de su acuerdo cabelludo del cuero y el desarraigo de lo que ocultaba.
Esos cabellos pertenecían a la estirpe más sedosa del pez sin escamas, la prohibición del mar a su veneno inflamado, la respiración del mundo en cada pecado cometido por la trenza o un pecado ulterior que además de ser mortal acomete contra la venialidad. Esos peinados portales que nos devuelven la inhalación.
Pero no me miraba, sólo era una especie de ilusión óptica, mi intención porque lo hiciese. Yo quería ver que me viese. Aunque sólo yo lo hacía. Pensé que lo que se ve es mirado aunque lo que mira no necesariamente ve, ella era mirada pero no me veía. Volví a pestañar.
Y ya eran más los detalles visibles. Como el caño que sostenía su humanidad, tangible para los ojos pero insurrecto para el tacto verosímil de las manos. La irrealidad era lo que no veía, y no justamente porque no me lo mostrara.
La posición que alquilan sus piernas al moderado aniquilar del viento, la predestinaban a moverse un poco después del cruce, como encerrada en el mismo espacio del péndulo ausente, estaba en canasta. Como diciendo las mismas cosas que yo pero en el silencio del patio dispuesto a la congregación del cuerpo, el mismo cuerpo que veía sin mirar. Su cuerpo, no el mío. Su mirada, no la mía.
Me acerqué lo suficiente para apreciar como un instante podría ser otro instante, o el mismo pero ciego. La imaginaba correr despacio, suspendida en la gravedad de los yuyales vivos, danzando en la suspensión del suelo con un movimiento exhaustivo de muñecas, lo esférico y lo ingrávido del agua sin que alguien hubiera descubierto antes las peceras que no sea yo y su mirada.
Creo que no esperaba nada más. Juntaba los indicios necesarios para que algo se convierta en invisible y que hasta el momento no había visto, como si lo no visto fuese invisible en el mismo momento que uno no lo ve o después, los juntaba y me los mostraba sin querer mostrarlos porque en ese momento yo era invisible, como si lo invisible no fuese mostrable en el antecedente menos indicado de lo que existe o ahora. Ella no me mostraba.
Subió los tres escalones que separaban los dos pisos, el de arriba y el de abajo, el de mi mirada y el de la suya. Se acercó a todo lo que puede acercarse la boca. Buscó un abrigo detrás de la pared pintada con minerales de drupa. Encendió el filtro que hace burbujear el vidrio delante del vidrio y con las mismas manos que acaricio las piedras mustias, inauguró una estampa en la porcelana de un pocillo sin borra después de la adivinación en esta mímica ocular.
Sus ojos me habían adivinado.
marzo 03, 2009
Entre la piel y la vigilia
Seremos un benteveo carenciado, pobre, que no pueda comprarse ni un elemento telúrico, ni un complemento que le permita apoyarse en tierra firme, que no pueda rascarse la espalda, que vuelva después de cada concierto en las arboledas marchitas y se suspenda sólo en el aire de la nulidad pero que deteste el suelo, que no quiera pisarlo ni una vez, seremos también lo que su silencio nos deja a la mañana cuando las sábanas deben ser cambiadas, nos dormiremos en una cucheta, yo abajo vos arriba y cuando nadie nos vea vos bajarás hasta la espina y deberás izarla como en la escuela cuando tomábamos chocolate con churros y no queríamos que nos elijan para ser parte de un mástil infectado de verano tísico y quedar avasallados a la bandera que agonizaba en otro aire, no en el mismo que el benteveo se componía de a ratos. Haremos un periplo por la ruda desplantada del baldío y serás ese guía turístico antes de embadurnamos con el hedor hasta la olla grande de agua tibia para el tuco del domingo. Visitaremos las cápsulas perimetrales del transbordador que viaje al planeta dentado, triturador de toda posibilidad vital, y el espacio será de los otros, nada habitable será nuestro. Nada que merezca la ocupación de un lugar, seremos lo inhabitable, lo que no se puede conquistar.
Caminaremos/as por las esquirlas del río cuando el oleaje golpea de tanto kayak que pasa y no salpica, hasta internarse en las rampas que nos llevan a la humedad de la arena maciza y tomaremos gaseosa a la espera de un fernet en la pista rave de enfrente, seremos ojos, yo los suyos ella los míos, se mirarán entre los dardos buscados de los músculos, seremos pies con plantillas especiales, para la planicie envejecida pero caminaremos/as.
Volveremos despacio a casa contentos por la frase cursi bajo la luna y guardaremos todos los besos en redes de pescadores para que conserven algunas calorías de mordeduras, seremos lomas de burro atravesadas por las ruedas derechas del labio superior, en el pavimento del paladar. Dejaremos abierto el mismo libro de Houellebecq en la página 269 para que la isla sea una imposibilidad, nadaremos, nada haremos entonces por la ecología de nuestro sexo, invadido. Despejaremos la incandescencia de los moteles de las calles adoquinadas y cortas para atraer definitivamente cada hueco, la reclusión perpetua del miedo, cada distracción, cada influjo de nuestro brillo.
Iremos de picnic a los confines de la insurrección de un paisaje precario, envuelto en sofocaciones de manteles cuadriculados y canastos de mimbre repletos de migas y recipientes plásticos y las cartas que nos leeremos después de sentir las manos, conversaremos apenas con el hombre de la garita de seguridad. Los detractores ingieren la precariedad que es parte del alma del pasto que se vale de nuestras marcas para incorporarse.
Nos desarmaremos como chatarra de remises, incluso en la continuidad del cuerpo de las marionetas para armarnos simples, con los invertebrados y la dosis necesaria de maicena, nos inclinaremos hacia la postura más voraz de un crol y que se toquen los hombros, una intersección de huesos, la mimetización del cuello a los efectos tardíos del occiso. Nos desearemos.
enero 11, 2009
Postura jirafa
El simposio elude las formas establecidas de la respiración, sólo por ella se consume el oxigeno y nada se extingue. Todo se reaviva erguido en la insinuación distante de los ágapes. Nos escenificamos como carbones detrás del fuego puro, vacilante a la ignición que tanto supo protegernos detrás de escena. Cuando todo es adelante el cuello se vuelve zanco, como indómito, erradicando toda orden insular del cerebro muerto. Un hemisferio siniestro. Colmado la esfinge vacía el porte antes que un estado de indeterminismo vascular llene de cuerpos el vacío. ¿Cuándo se estremece la sangre compungida de la catarata? ¿Donde calma la presión del líquido, o contra que roca perece? En la sinopsis de nuestro sexo deambula la hediondez de una circunvalación hecha con manos, las de atrás, otras manos del sexo. Del mismo sexo.
La discontinua secreción del río virgen que suele inmiscuirse en todas las gotas, amable, siente el mismo deseo por cambiar el agua, por cambiarse, pero el agua muta solo en el agua y por el agua. La hipérbole superficial de lo penetrable deja de lado el ritual de sabuesos desconocidos que no soportan ninguna ausencia ni festival. El armónico acontece para alejarse después del adagio que fuimos esta tarde dentro de la habitación oscura. La permanencia ridiculiza los cauces de la persiana como llegando al mismo delta que ahora busca otro río en la mismo agua .Ser cangrejo, ser grillo, ser el claustro que desemboca y se metamorfosea como un libre albedrío alquilado en el borde de lo casual de cada reja. Estamos a punto de devenir en retazos de exactitudes. Estamos a punto de ser otra cosa. Un zoológico de faunos, profecías amotinadas insurrectas, testamentos apócrifos, un epitafio circular que eleva la transición del arquetipo y la consagra a ciertas orgías de cuellos.
Un atisbo de relajación, el reposo de todo lo que queda en los rincones. La cronología es de occidente, una imposición de la propia linealidad. Somos porque el descanso nos determina, porque la saliva nos segrega y también nos mancha, sólo un rato, pero nos mancha.
Pleistoceno de grana ausente, sacrificada a la epifanía del tiempo medular. Como una evolución de suntuosos desacordes. Limpiar la lisonja como enajenando la plusvalía de los sanatorios. Lo terminal también sana.
Yo solía trepar los tapiales para verla desnuda expuesta al sol y lo que buscaba era sólo mirarla nunca había pensado ni siquiera pasarle el protector solar por la espalda, nunca había esperado que se dé vuelta y exponga las partes más pudorosas al desafío de la luz, nunca soporte tanto un silencio porque nunca supuse iba a decirme algo. Yo tiraba siempre la misma pelota del otro lado sólo para tener la posibilidad de trepar, cruzarme, mirarla y pedir su devolución. Pero esa tarde coincidía exactamente con un solsticio intrépido que retardaba la aparición cromática del movimiento y no me quedaba otra que anhelar un deceso violento. Pero ella dijo entonces todo eso que había guardado, dijo las cosas y sus oscilaciones, las imposturas y los ceremoniales serviles, dijo el idioma de las paredes, de los otros sugestivos modelos de la cabeza, dijo que quería ser como ella.
noviembre 07, 2008
Parapáramos
En la ausencia de la máscara yo soy más que las afasias del molde, la insania en la resurrección del gesto y su rostro.
Un collar discontinuo de descuento en la regresión del niño hacia abajo, el humedal de las macetas del barro cocido a temperatura inconstante ya se asemejan al propio decaimiento, no respectivo de las cimas.
Asterisco treinta y uno numeral, el número menos público. Lo que nunca figuró en guía. Volverá a casa después, los influjos de un recorrido establecido hasta la isla inventada, los intentos de una isla. Volverá a casa después y abrirá la puerta con premura por sí del lado de adentro algo resalta en las ruedas, el tajo que hace desangrar la hoja. Volverá a casa después.
Este sitio sin árboles es más estacional que la aorta madre del descontento, un corto a punto, llueve en todas las venas. La única sequedad posible está en la yugular, aunque hiberne la piel y el positivo este lejos del negativo. Algo nos quema al revés, este sitio sin árboles.
El volumen se proporciona como fauna iliaca, flora femoral, la crónica obstrucción del rayo ultravioleta, un desagüe disipado. Así traté de construir mi propio terrario antes que la madrugada nos clave la rama terminal. La fosa se precisa entre añicos de vidrio cavado y nuestro ecosistema de faunos.
Los invertebrados excluidos de siempre, sosteniendo la relajación, el tiempo al tiempo de un desierto fisiológico. Éramos unos relojes de arena sacudida por la intensidad del remolino y nunca pasábamos donde nos esperaba el vacío, en la presencia del rostro ella es más que las prosadias de la lengua, la sanidad en la finitud de la impostura y mi máscara.
Extrañamos la raíz del pino huérfano que tocaba la persiana del segundo piso mientras mirábamos desde la terraza sorprendidos si algo de él iba a meterse también en casa como volviendo de la vegetación frondosa de un jardín molecular a las habitaciones desnutridas, no sabíamos si su inclinación era un deseo o simplemente lo incitaba cada hendija a desprenderse del tronco y entrar.
Un vecindario de marionetas comprometidas con la reclusión del movimiento, movimiento que deja de serlo cuando se somete al estricto régimen ancestral de la clorofila, su dieta balanceada.
Por las hendiduras de las cosas mínimas que quedaron presentes se escabulle la salvedad de los orificios, un elfo desconsiderado que pregona todo tipo de ingreso sin suponer la importancia del regreso.
Sobrevivirán esas presencias, impregnadas en ambos hemisferios antes que una palabra inaudita. Vinimos por la tierra que manchó el parquet cuando los estruendos movían las paredes que dejamos huecas por sí un día de estos se llena el cuerpo de termómetros y se canoniza su recalentamiento global.
septiembre 16, 2008
Efecto boomerang
La comparación no supone sólo el riesgo de quedar atrapado en la pertinacia del retorno, sino también la conciliación usual de los tiempos y sus pluralidades en la amnistía del instante.
¿Qué embellece más que lo que no se soporta? ¿Qué se soporta más que un grito en el medio de la función?
Y uno no sabía que parte era de la intemperie y que parte de ella misma, de lo que sí estaba seguro, era de que atrás de las cortinas pasaban cosas, pasaban y se iban, se iban y volvían. Como el viento sur de las madrugadas en veranos donde la sofocación molestaba a mi madre, le coartaba el sueño, su cataforesis del desvínculo. Los bordes del afán se supeditaban a los ojos ajenos, las bajas del destino onírico. Cierta devolución innecesaria con lo verosímil. Pensé que lo que cubría el sueño también podría cubrir las puertas. Aunque sólo cubrirlas, no privarlas de ser abiertas.
De las bisagras nunca enumeradas surgía el otro movimiento, aquel del que nunca habíamos hablado. Del movimiento siempre anunciado surgían las otras bisagras, aquellas de las que nunca habíamos querido hablar. Entre lo que no hablábamos y lo que no queríamos hablar se gestaba la posibilidad de la entrada, el olvido siempre fue una negación.
Así fue como un día abrió un sueño, detrás de las cortinas, fabricadas con telas de ojos esponjados y se durmió como anclada en la luz que le solía quedar a cada tarde. Yo me había orinado en los pantalones fabricados con telas de bocas húmedas y no comprendí el sentido direccional de la salida.
El hábito de la perpetuidad, erguida desde el marco. La espera era inusitada porque las arandelas sostenían la figura de la propia liturgia, toda oscilación se producía desde el silencio, la conmutación del suelo con la cercanía insular de la viga al techo.
El ámbito de la perspectiva, superponiendo espalda con espalda. La reacción era la única respuesta favorable que la inercia tenía a los efectos sobrenaturales del hueco inabordable.
Pero cuando volvía, todo parecía intacto, aparecía corrida, tan desubicada de la capital pecaminosa que ni el miedo a la oscuridad acababa su sombra.
Su ropa favorita olía a piel de cortinas, sus marcas sudaban rincón de cortinas, su abrazo se envolvía en el cuerpo de las cortinas. La noche que se acostó conmigo nos tapamos con una cortina, aunque yo soñé con ella.
agosto 10, 2008
De la mutación a la estática
"... soy aire en tu mirar, soy parte sin fragmentar, soy cosas que no soy en violetas gris y azul..."
Lisandro Aristimuño
Fuimos cambiando la forma de vernos incrustados en las grietas que dejan los patios de la casa chorizo, por donde se filtran las recetas de las fotos viejas y caen cuando explotan, trituradas, convertidas en gitanas adivinando futuros certeros de cuerpos visibles, que azotan la impostura del pie apoyado al suelo, practican telequinesis y acarician el manuscrito apócrifo del desplante como adelantando la espera de las butacas en los cines después de la escena bizarra de la mujer miedosa, la que teme por todos y cada uno de los espectadores mafiosos, lo que se adelanta desde la otra escena, la que está detrás de la escena nuestra, la primera, pensando tal vez en Dios o los caudalosos infortunios de las manos pegadas al sexo, levitando la única opción de la oscuridad, muertos de sorbos y pesebres, absueltos de la recreación en las tardecitas de pasillos cuando nadie viene a visitarme y me muevo, me atañe la fiebre paritaria en la puridad de los hospedajes sueltos aunque siga asustándolos el río o el mismo baño suspensivo, la misma agua visitada y se detiene, absuelta, sintetizada, socia del cráter que dejaron los cerramientos de las manos contra las tablas, ella duerme sobre el hombro izquierdo y ya no le importan los créditos porque conoce el desenlace sus acordes el placebo sus desvelos el turquesa sus azules por donde pasan otras imágenes rayadas entre las ninfas violentas que reverberan achicando estirpes, cuellos y retenes pero el coco se desprenderá del mismo jugo que lo acecha por ser coco y no jugo fuimos formando el cambio de cegueras desmontadas en la saciedad que dejan los cuartos de motel, las momias del paisaje no encuentran la combinación que las redima del vendaje magro en la ocasión que se suscitan los moldes de la motilidad los gradientes del esperma un músculo ocasional que estimula la reacción sucinta en las gradas de los hombres deshabitados se realzan los constelados una ventana igual al autorretrato de otro cuando era chico de mi grande, como estar pendientes de la luz sin que acuerde la visibilidad del fantasma con la crónica carnal, un sincretismo de paraguas y lluvia pronosticada a media estación engreída, sucia mal venida la única mujer de la sala vislumbra la trama y prosigue... ahora es parte de la mutilación de un eclipse desmadra la cisura del polo coacciona con las direcciones falsas inventa un final y zurce los bordes de la pantalla la costura del pantalón arriba, un cierre en el pecho del miedo cercano pero quedarán los negativos que no pudimos diferir del resto, de nosotros por sí tardan de concluirse ambas historias algunas nomenclaturas lo inefable ya es demasiado vieja la coralidad del thriller y nos quedará abierta la costra en la espalda torcida, algo ladeada hacia el costado metalúrgico derecho hasta que se revela la incógnita: fuimos lo que no se movía en la razón del movimiento, somos un plano desunido del primer adelanto de la estática antes de la canonización de este aposento.
julio 12, 2008
Mamabolsa
Como abierta a los pasos apostolados del nirvana. Solía embolsarse, meterse en las protuberancias asfixiantes de una escarcela, y así cubría todos los objetos de la casa con estos elementos propicios, el control remoto, la computadora, el micrófono, todo iba siendo reembolsado, así preservaba el televisor, la mesa de luz, el inodoro, la heladera y el ventilador del techo.
Un día decidió embolsar a toda la familia sin cotización, sin habitáculos de tornos de molares cabizbajos. Ella también se introdujo en una bolsa de consorcio. Y era regresar, volver atrás. Reencontrar la acción pretérita. Supuse también que estaba cómoda en esa vida, siendo bolsa.
Las asas saben del riesgo que asume cierto inquilino desprotegido, el plástico poli cromático infértil ante su maternidad. Así nos escapábamos del agua. Descuidados del polvillo que interviene impávido en el pensamiento. Ser bolsas puede resultar más atractivo que ser humanos. La reminiscencia en boga. El mismo andarivel para todos los concursantes. El mismo divertimento para mi madre, que expuesta a la sin razón de la boca, todo lo arropa, todo lo escolta. Un punto fijo atrapa figuras recicladas en la porción exacta de infinitud.
La escarcha reciclada, nuestra basura y todo año nuevo fingido en la bolsa de hielo muerto en los confines del patio. Yo también sentí la traición cuando se rompió la placenta que presagiaba mi origen, mi secreción, la mano que toca realidades imposibles, fuera de la bolsa.
Tantos recaudos nos protegen del miedo sistémico bajo la orilla del celofán, para no respirar, castigar las premoniciones oraculares, andar acurrucados.
Cuando lluevan bolsas, nos habremos desvencijado tanto, que la piel tendrá sabor a claustro.
Así fuimos por la vida, queriendo más, pidiendo más, preguntando cuántas bolsas necesita uno para subsistir, erradicando el avasallamiento de los espacios abiertos sobre la deformación del rostro.
Ella se extingue con ellas. Seducida en parte por su elasticidad, castigadas en parte por su desalojo. Mamá y las bolsas son la misma cosa. Difieren sólo en la luz que pueda adoctrinar desde el techo su hábitat. Luz que queda en los bordes con marcas de uñas gastadas.
El mejor pecado de la vacuidad, sentirse repleto ante la nada. También las bolsas gestaran los hijos ventriculares del devenir, para inundar de aire los subtes con basura invertebrada.
junio 04, 2008
No todo es humo
Como mis ojos, algo se extravía en la mirada sumergida del sorbete, la espuma sobre el vaso. Se vuelve a expandir todo sobre la espalda, de frente al miedo. Secuestrando los minutos de la espera, una última espera. Los últimos minutos. Hacía un tiempo que estaba sentado. No entendía si las sombras pertenecían a un hombre con el mismo apellido. Aunque la apariencia era menos frecuente de lo que acontece entre los ojos hidrantes, no era la primera vez que la veía, pero tal vez consideraba estar reconociéndola.
Y subimos como envolviéndonos en la niebla que no era niebla, alistándonos a los prejuicios del cuerpo que no era cuerpo, a las calamidades de la calle humectada que no era más que una figura consecuente de carteles de teléfonos celulares apagados, no éramos más que la imposibilidad que algo tiene cuando se mueve, la posibilidad de la estática. Ella me puso el pulóver, intentaría reproducir fielmente todo lo que se dijo después, de no ser por la mirada, la misma que había surgido desde su espalda aunque sin la escena temerosa del lente sucio y la inmigración de una palabra mal pronunciada. Yo sentía que era mía esa fotografía.
Y bajó segregando el pulso repercutido en las paredes laterales del cuello, el sostén de la cabeza sobre los pliegos. Una ecuación de minerales. Sin reparos. La primera caverna ciega, donde si quisiera las sombras del relevo podrían apagarnos. La visibilidad se reduce ahora, la toxicidad del boulevard se calma, como la sed, en las brigadistas orfebrerías del tacto.
No importaba la genealogía de ese universo conciliatorio, los despojos del hollín malversando la luz y su vientre cercado por los efectos aborígenes de un grito contenido. Venían los moldes del recinto, las cosas guardadas del otro lado incontenibles y vigentes. Los lados del beso prolongado. Había un respirar ausente que constituía la lluvia como única sofocación, los esquemas alternativos. Sin embargo, nada me hacía pensar que el cansancio era evidente. Quise arrojarme a la esfera difuminada, la más perfecta de todas las esferas. La noche se convertía entonces en el mejor de los encuentros geométricos.
El acero quirúrgico, un imán en la muñeca, los trenes de la conformidad. Trepando a las cenizas del sol, el ánfora dispuesto y los mismos males que Pandora expande. No sabemos muy bien cuáles son las cosas que quedan pero las registramos como hipótesis incontrastables. El enunciado no resiste análisis, somos de las mismas propiedades que las cosas tienen, hechos a sus imágenes y semejanzas. El calibre de la masa de agua no tiene concepción, impacta sin transmigrar la médula.
Aún veo el incendio como formando aureolas en los resquicios de los pastizales, la veo emerger del fuego, adiestrando la intensidad del viento norte, cambiando definitivamente su dirección. ¿Qué nos salpica después del diluvio? ¿Qué nos devuelve el aire? ¿Qué parece más que el ardor cuando los embrujos que deseamos para extinguirnos nos vuelven a encender? En los pertinentes microbios del desaire, no todo es humo.
abril 23, 2008
Napolitana con fritas
a Jani
Una parte del agua ostenta su estampa, la otra se precipitará en forma de cornalitos. Ella es todas las cosas y todas las cosas son ella. La marea en la desembocadura, el impacto de la ola ante la flagrante recepción de la orilla que siempre esperó por más erosión de la debida, caminan cerca, para no perderse en la arena.
Su animismo persiste, el diluvio cesa. Río es tiesura, capullo de profundidad, óleo de anfetas. También pudimos decrecer como el último cuarto menguante, hasta ser la sombra de la sombra. Lo que no se ve, no brilla. Ni el reflejo prolongado de una penetración lunar sobre el remanso. Cierta intuición fálica de indolencia, la fatal asonada de la costa al lado del puente.
La ausencia de estadía como propiedad no establece la concupiscencia, una mirada pecaminosa es más omnipresente.
Ella brilla en todas las cosas y todas las cosas brillan en ella.
Ahora pienso en la noche que un pescador sacó su caña castigada por la oscilación de una raya cargada de veneno y la expuso al aire, esa parte del principio o el principio en sí, hasta alinearla. Me preguntó si quería comerla en milanesa. Nada me hacía suponer que la parte que le sigue tocando a cada líquido no puede respirarse, la pesca intuye siempre algo más grande.
La liturgia desencadena una rampa al mejor lugar. Las baldosas flojas en el camino de vuelta indican la prepotencia de la tierra quebrada, queriendo salir. Tantos atributos al oeste planteando la distancia de un acrílico y la excéntrica armonía de los alfabetos. En algún momento se dirá algo importante.
En la barranca anoréxica se desperdigan las próximas palabras de exhalación mutua, todavía no hablamos de las lanchas.
El delfín artesanal está pegado al cuello, sudamos igual, queriendo ser cuarto creciente y recuperar la luz de otros. El olor a aceite usado sabe dónde vamos después.
La condensación se enloquece por la intermitencia, así van surgiendo las nuevas luces, corren por los cables tensionados, la empresa violeta de sus ojos y se estacionan entre los recodos de las columnas de concreto. Tal vez el verde pueda combinarse con la pretérita insinuación de los montículos. La rarefacción se aplaca por la intermitencia, así irán surgiendo las nuevas luces.
Ahora pienso en la noche que ella sacó su boca agasajada por el estancamiento de una raya descargada de veneno y la expuso al agua, esa parte del principio o el principio en sí, hasta desalinearla. Me preguntó si quería besarla. Nada me hacía suponer que la parte que le sigue tocando a cada partícula de oxígeno no puede ahogarse, un beso intuye siempre algo más grande.
marzo 03, 2008
Delay
“…cuando uno está satisfecho desea la muerte como algo final, porque sabe que después no hay nada interesante. Entonces podría decirse que, vivo dentro de una sensación desde que chocamos…”
El nene recibe las coordenadas como en cuenta gotas, recorre un callejón con paredes de concreto pintadas con aerosol, ella está sentada en una reposera, lo está viendo superponer esferas de trapo con los toboganes que surgieron en la última anécdota de campamento. Quería llegar a la última casa, la de tejas blancas. No le importaba cuanto camino debía recorrer ni donde estaba la salida. Una mujer con anteojos grandes lo esperaba, caminando de a ratos la intersección de una galería y el entrepiso predecesor de baldosas acomodadas en el desgaste.
Los vecinos de los callejones suelen tener pies planos, el desnivel de las veredas y una calle de piedras sueltas los forman. El nene trepa la enredadera de la última casa en el final de todo universo de callejones y percibe, percibe el olor a pan tostado. El resto de las cosas llegan tarde.
Cuando era aún más chico un diagnóstico confabuló a favor de su apéndice, nada servía tanto al cuerpo como esas enredaderas del estómago. Los médicos nunca supieron porque los ruidos que generaba el interior de su cuerpo fueron tan estruendosos. Hoy una válvula silenciadora se incrusta en el hígado como si un engranaje perfecto sólo pudiese moverse con la tuerca que lo contiene.
Los suplicios antes de dormirse siempre fueron merecedores de otro cuento de ratones ahogados en la misma olla que comían los gatos. Después conciliaba el sueño contando ovejas al son del segundero.
El sueño más recurrente se sostenía en la fluorescencia de una trenza gigante que lo enredaba hasta quitarle definitivamente el aire. El sobresalto devenía una y otra vez. Un acto fallido, la búsqueda asociada a los finales de los callejones. El nene presumía en un sueño que había otros en él que cuando perezcan, todos los sueños del mundo serán develados.
Su etapa edípica rara vez había fomentado en alguien una sublevación tan importante, el falo de toda enredadera era el origen traumático de determinadas conductas, ni siquiera la terapia ordenada pudo apoyarse en la posibilidad superadora de llegar a la pubertad sin orinar la cama.
Por las presumibles situaciones de la sensación infiere un palito de helado, las cosas que llegan después siempre son cosas buenas. Los juegos, las máscaras, las tortas de arena, las celebridades desmerecidas, los muñecos articulados, las reglas y el reverberar de un trompo arrojado contra la cicatriz en la frente.
El nene vuelve protegido por las costuras, la afinación y el esmero de una cuerda vocal sostenida apenas por la voz ruborizada. Caminar sin la vibración exasperada hacia la salida real, que en definitiva también fue la entrada.
Ella aún está sentada, con la mirada suspendida en el mismo punto del mismo plano de la misma trenza. Ahora es él quien la mira. Por primera vez comprende que toda vuelta tiene algo del mismo molde del mismo universo de la misma enredadera.
enero 22, 2008
La redención del voyeur
La virgen no tiene ojos. Su cara lavada no mira, el niño suave se detiene frente al barro pintado y la observa. Saca su mano del bolsillo izquierdo del pantalón manchado por el barro desvaído, el barro suyo, y acaricia el rostro. La otra mano esta inmóvil, como la eternidad de los mosquitos. Si ella lo viera no habría pausas para seguir cargando máscaras entre los instantes de las muñecas. La propuesta sería en vano, mirar para ser visto.
No sabe cuál de las dos manos pudo haberle dado runa a su mirada, si la que se mueve o la que aún permanece quieta. Piensa en la carne picada, las sandalias y el carcaj de los vecinos. Una tarde rezó en silencio un avemaría después del accidente, la misma razón por la que rezaba. Aunque tarde fue el silencio, o también un accidente. El viento le agrietó la palma hasta adivinarlo. Ninguna intensión es tan pretérita como la de tocar los ojos. El cuerpo es un infinito por donde se proyectan las imágenes de otros cuerpos y en el reflejo ninguna intersección se colma.
El lenguaje de los techos disimula toda salvedad desde el aplastamiento hasta su herejía de andamios. La mano comienza a bajar. Ahora es el cuello desafiante que aún desnudo no proclama resistencia. Sigue un camino recto, impedido. Todo lo que puede descubrirse está debajo de las formas. Aunque nada lo detiene. El niño mira iluminado por la sombra del reflector. Su otra mano sigue estacionada.
Sumido al acto de contrición cada dedo infringe la celda del santuario rediseñado a imagen y semejanza del aire venial. El manto flamea. Una virgen inhabitada no es sólo ilusión del barro.
Suele llover temprano en las moradas compatibles de la estatua y se le inundan los pies descalzos pero cesa afuera entre tanto anochecer y lo que toma vida es también un recreo figurado por lo que se decora en sus talones sin la lucidez del agua antes que otro trueno flagele el último misterio.
La mano que se mueve ingresa cálida a los secretos de la creación, cierto esoterismo complaciente con las huellas digitales. Pero el niño proclama la eucaristía con el esmero del pulgar huidizo. Palpa la consagración de los hornos, la cicatriz esculpida por otras manos y se mueve adentro, zigzagueante. Resuelve la ecuación sin evadir las reglas pálidas de la exactitud.
Ahora todo es acto. El niño alza la mano inmóvil y tapa sus ojos. Se sublevan las fórmulas, nada se despeja aún. La vergüenza de las yemas invierte el orden, si él la viera, habría una pausa que devuelva cada gesto a una malignidad vidente, la piedra del altar mojado. No mirar para no ser visto.
El niño no tiene manos. El tacto dilecto en la carne sin manchas, aunque alguien espera del otro lado para mirar sin tocarnos.
noviembre 18, 2007
Cesura
Los ungüentos ubicados bajo la publicidad. Un delito primal, tras el grito. Abrir los ojos. Alguien pulsa enter. La línea venidera evita el fraude. Un recurso de amparo entre la histeria unimembre y la vida tácita. Las cosas suelen fluir después de la ubicuidad del verbo lejano. Aunque el deseo del sujeto se esconda tras las desafinabas notas del corchete.
¿Cuál es la pausa precisa? ¿Cuál es la mácula de la trinidad del núcleo que evita la coherencia del sintagma?
La densidad es asonante. Aquello que por casualidad ha nacido antes, cambia las formas, el boceto del esqueleto difuminado para habituarse al modelo causal del inodoro. Irse de cuerpo. Gobernarse. Sentir la historia hemorroidal como una constante ilimitada de fenómeno y ley. Ser todo eso que pudo haber degenerado la gestación, en la bolsa, otro agua. Más regalos de vientres y la ventana al mundo exterior asfixiada por la hedida rima de las rejillas.
Sudan las paredes por las arterias de porland, como desalojando de la estructura la humedad que la somete. La suspensión indicada hasta el nuevo aviso. Justo en el vértice la araña albina sangra, sus telas son como nidos alrededor del lagrimal y perderse en ellas suele parecer sedativo.
La coherencia de las mosquitas se interpone ante el chorro que cuenta sílabas sin distinción, la claridad aún puede observarse bajo la claraboya como un hálito rebosante que inunda el techo sin dejar chances para el desliz. Son pocas las fábulas que intervienen en el silencio. La lingüística en la espalda encorvada, la joroba premonitoria.
Algo suena inconexo en la fonética del baño. Tal vez haya ciertos recelos ancestrales en la metonimia de las cañerías. Las cosas flotan azulejadas frente a los ojos del primate y le devuelven al cielo gregario, otros signos celestes. Su propia existencia ahuecada en la firmeza del mosaico.
¿Qué decimos? ¿Qué sintaxis nos protege de la descalcificación y la culpa del miedo potencial?
Una elisión de vocales abiertas entre las lenguas mordidas y los molares escindidos. Suele confundirnos la sinalefa, abarcarnos como párrafos inefables y suscitar un desajuste virtual, desagotar las manos hasta el último resquicio de huella dactilar, evacuar el punto.
Hay un oculto reloj en las cadenas, que marca el tiempo exacto del purgante. Habrá que sacar provecho de las últimas palabras.
octubre 12, 2007
Expendedor de mimos
¿Te acordás cuando nadábamos en los bordes de la pelopincho manchados de agua pulcra, y salpicábamos las esquinas amarillas y plásticas hasta que algo surgiera desde el fondo en la mirada más axial y devoradora del líquido, sin freno, fresno de azulejos hacia abajo, lo más inusual del hidrógeno, y así se transpiraban sólidos unas burbujas desconcertadas?
Lo sumergido no puede suceder a lo sumergido, siempre urge de aire y emerge. Aunque se nos arrugue la piel.
¿Y qué del último movimiento bajo la elemental presunción de los sapos, los musgos, sus gestos, lo que deriva de las alcantarillas previniendo un rostro pintado una mano cubierta por los guantes muertos, del primer ornamento flotante que esperaba el desborde, que rebalse de fiebre un sismo, un maremoto de cera en la oreja y nos desvincule de lo dicho bajo esas olas previstas por el cuerpo desnudo, enhiestas y reparadoras?
¿Y cuando nos tocamos secos y se había inundado el cuarto y se comían las uñas las tijeras, los pupitres de adolescentes uniformados, y otra vez nos manchamos los cuerpos aunque no se si era agua u otro líquido más espeso, voluminoso, y volvían a extenderse los brazos como buscando origen y la fecundidad en las piletas se perdía en los alborotos neurálgicos, el ojo del agua y los veladores dormían las sombras de dos en las paredes y se diluía la curvatura, se inhalaba afuera y después lo contenido se ausentaba, la cadencia se hacía fondo, impenetrable y distante?
Me acuerdo del rayo que cayó sobre la calesita del parque deshabitado y las abuelas miraban desde las comisuras de las canillas como si algo se abriera o cerrara según la intensidad de la caída, y nada giraba ya en los óvulos de las nietas.
Las rutas del agua se desvanecen así, entre los reptiles que se acercan a tomar y los miedos anfibios por no permanecer. Una estrategia insana, la persecución de los tobillos.
El sufrimiento del manta raya difiere del nuestro, y de todos los arquetipos del veneno. ¿Cómo explicar la ira de los bombeadores, la infamia del colador y el designio del respiradero sin sangre?
Suman cuatro los ahogados en la orilla y los mismos mimos siguen apareciendo, debajo de la última moneda, como parte de un rito acuático sin salvavidas. Ella siempre tiene algo interesante para decir, lo que hace depende de los astros.
Las especies merecen cierta continuidad en el tiempo y el espacio, la extinción del hueco febril masca la plaga.
El revés de la lona para guardar en invierno toda la estación que marcó el dilema. Una vez vacía, la pileta contará con un auspicio hídrico de hombres ranas y tubos de oxígeno. El agua vuelve a su cauce con los años, aunque los mimos siguen exaltando su extremismo en el centro. Lo que saldrá después depende de la forma en la que nos movamos en la tierra.
septiembre 12, 2007
El mar de cada gota, si ella se moja.
¿Cuál es la forma que tienen los negativos para ser homenaje de tiempo en las estructuras planas, en los recuerdos del abuelo y un bastón de huellas sobre el tapizado? Un tractor limpio. Ya no se nota el pulso, ni siquiera un latido en la yugular que marque el ritmo de lo que está plasmado en los cánones del diafragma, el zoom siempre excava la piel que surge libre del profano resquicio de la teta izquierda y la derecha de la prima ahora madre.
Debimos dar las caras antes del último gesto, imaginar cómo se bifurca el esqueleto, el sostén del cuerpo, lo que sobresale y se confunde con lo inesperado. Debimos amortiguar los términos de la negociación, lo indebido, la presunción de un movimiento. De ahora en más, son muletos de carie en la planicie los macedonios, y las capas de los superhéroes que alguien guardo de chico en lo más alto de un ropero nos inhiben. Como un vocero de toda mañana, la desarticulación nos despierta. Vamos engranando las partes para que algo de esto tenga sentido, desde el golpe minúsculo de una marioneta que provoca lo que no se quiere, hasta la excomunión del pan por incendiar la miga y blasfemar su nombre.
El ministerio de la planta en los pies, como templo egipcio arraigado a los bordes del decremento epistolar y sangra, la muñeca afectada al suero de las sinagogas. El consuelo de la hemorragia se colma en la sed, se calma en la fiebre. Se cierran los huesos hasta chocar y hacerse trizas.
Ahora la mano se escurre entre la fisonomía de un niño índigo y su amuleto de azufre. La última palabra la tiene el programa de la madrugada que busca las huellas dactilares en la ofrenda. La especulación del abrojo determina cuanto de casual tiene cada reflejo y cuanto de causal la ceremonia.
Para despuntar infantas del miedo de las solapas habrá que remodelar la escena afectada a los diales de los predecesores y morirse después de un beso encapsulado en los callejones.
Así como se entumecen los músculos hasta acostumbrarse al frío vamos metiendo el molde en la fragilidad del guante hasta que tome la misma forma o la evite. El destiempo amarillo de otra eyaculación precavida. Volvemos a prepararnos para posar entre las luces que anegan los chorros que llenan y vacían las peceras que se ven al fondo, por si no hay más piedras en el fondo. Las tersuras del binomio fantasean con el elixir del agua, el mosaico genuflexo, la adoración al suelo desde lo que deja de incidir en las vedas del mármol.
La siesta siempre fue el mejor estado intermedio entre el muslo y el tobillo, cuando ella se moja, el tedio de cada pestaña se vuelve ojo.
Fotografías por FERNANDO MARQUINEZ.
agosto 01, 2007
Noche algebraica
La embajada del cordero y el tigre no descansan. El pasado invisible aniquilante del reposo o una simbología que flota en el movimiento rápido de los ojos. La inocencia y el hastío gobiernan el cuarto. Como un interrogante famélico, se inunda la cama. Blake tuvo un sueño. ¿Cuál será su significado? Dividir pantalla. Dentro de los triángulos de la densidad se aglutinan uno a uno los relojes hasta desubicarnos. Toda presa fácil finge un ceño en el espejo sonámbulo de un rostro. No hay nada que pueda despertarnos salvo la ausencia de la ventana en el reflejo. Como un déjà vu infinito que extraña la misma configuración del cuerpo antes de lo que aparente. El desenlace infringe la resonancia magnética, en la piedra filosofal no queda rasgo de mutación alguna. Volvemos al ruedo aunque duelan los castigos de la hipnosis.
La profecía es clara; Artemidoro nunca tendrá insomnio. La última postal de la fase lúcida nos convoca "el futuro está en tus manos, suéñalo"... y se escurre la falange entre los dedos, frígidos, como un astillero recluido en su propia tumba. Los papiros de una delectación matutina en los bagajes de la vigilia. Los pies hinchados presagian la prosperidad del pobre. Mouse clic. Y se abren todas las puertas de la iniquidad, se agazapa la histeria en los albores de la soldadura. Perece el ojo ante la estúpida luz, una imagen difuminada y el aerosol. La clave del fracaso salpicado de fiebre alta, los termómetros seducen a las axilas pero falta dilucidar qué número saldrá en la vespertina y si las dos cifras bastarán para el confort del rottweiler.
La noche que Bretón soñó con Freud no había contenido latente en las comisuras, los vasos comunicantes y una interpretación después del color y la vestimenta. La fantasía nocturna se diluye en el mentón, como el presente paradójico en la mañana sin desayuno del durmiente. Mouse doble clic. Lo que alguna vez se abrió ahora debe cerrarse. Un estigma en la frente, el adelantado del domingo. Entre Fabri y Macaya se revela el raiting. La humedad recorre el esqueleto del diván hasta enmudecer las vértebras. Vuelven las severas armonías del dibujo, un acto fallido y la mermelada se disuelve en el café con leche. La noche que mamá soñó con papá no había contenido manifiesto en las comisuras.
El perro cumple tres meses. El desfasaje semántico lo reclina, alguien abre los ojos. Sólo observa el ventilador de techo y sus aspas girando sobre la sombra que devora todo lo que permanece intacto. El tope marca la regresión por amorfo o hipnótico. La represión inunda la capital. Los evacuados miran. Tachar eso. Hasta que caen las aspas y desintegran colchones. El forraje presagia un deseo, la goma espuma suscita el recuerdo hacia una asistencia precoz. El perro escucha las campanas de la catedral y vuelve a comer. Ya nada se mueve. El credo del murciélago determina el eco de los últimos espectadores del concierto sobre las enredaderas.
A dormir...
FOTOGRAFÍAS: "Power algebraico", por FERNANDO MARQUINEZ.
julio 08, 2007
Sed
“A través del agua se dibuja tu rostro frágil”, no, no, no, tres no, dijo, escupió enfadado el poeta y corrigió “a través del agua se dibujaba tu rostro frágil” y una lágrima furiosa le recorrió la mejilla hasta perderse en los secretos del alba, en los colores. Cuerpo líquido, inodoro, insípido, incoloro en pequeña cantidad, el agua, se sostiene gracias a dos átomos a los que deberíamos honrar como a nuestros héroes. Así es ella, mujer, madre de todos los seres, líquido, la vida eres tu, amiga agua. Sabemos, porque así lo han catalogado los científicos que hay agua para tirar para arriba, la hay cruda o de almidón, muy usada en el planchado. Más tierna que esta agua no hay y es la de ángeles o rosada, que está perfumada con el aroma de variedad de flores. Hay también agua delgada, gorda y agua fuerte, que nuestro amigo Arlt ha sabido beber como ninguno. Agua nieve y del palo, a esta última no vamos a referirnos específicamente, nos contentamos con nombrarla. Muy cómica es sin dudas el agua de pie, uno no puede imaginarla, se refiere a las fuentes o manantiales, pero igual es muy simpática. El agua dura, por su parte, es aquella que no forma espuma con el jabón por contener en disolución sales de calcio, magnesio o hierro y el agua vidriada que es metáfora de ese moquillo que suelen padecer los halcones y otras aves de rapiña. ¡Hay!, ¡hay!, hay agua viva, aguas falsas, agua perra, como sí, ya sabes y aunque parezca contradictorio hay agua firme, la de pozo, por ejemplo. Las más ordinarias son las aguas mayores, excremento humano y las aguas menores, la orina y cuando no sabes que hacer, estás entre dos aguas, un agua por acá, le decís al aguatero, que te mira feo.
Tanta agua y sin embargo en un tiempo ni noticias. La escasez de agua nos mantuvo con la boca seca durante años. Nadie orinaba (agua menor), la lluvia era casi un espejismo, las distribuidoras de canillas y mangueras habían quebrado. Desde que la tierra avanzó sobre el agua, desde su avasallamiento, desde que la consistencia sólida del polvo predominó sobre la fragilidad del líquido, supimos mantenernos inermes y a la vez desprovistos. Ya no decíamos “está aguado”, porque nos daba nostalgia, tristeza, pena, lo tomábamos así, sin chistar.
Corríamos todo el tiempo, para transpirar, y con la transpiración hervir la pava para tomar un mate. Las fábricas de bebidas habían sido usurpadas y saqueadas hasta el hartazgo. Llorábamos con creces, y con las lágrimas higienizábamos las partes más púdicas. Nadie se besaba para no desperdiciar saliva, la incontenible ansiedad de los amantes sólo se suplía con un siempre bien ponderado pico. El globo terráqueo era un solo continente. Había que volver al origen, había que detenerse en el principio de todas las cosas, había que volver a fusionar átomos de hidrógeno con oxígeno.
Elton pasaba horas encerrado en su laboratorio intentando buscar la forma, experimentó la fusión de distintos elementos químicos, estudió la composición de los mismos y los combinó de diferentes maneras, aunque no obtuvo ningún resultado. El tiempo le jugaba en contra, el desenfreno y el apresuramiento humano también, la respuesta debía ser inmediata o todo se solidificaría sin la posibilidad de cambiar su estado.
Elton no era ningún tonto, guardo agua en un tonel, alimentando en él infinidades de pescaditos de colores, tortugas de agua y hasta un axolotl. Elton siempre tuvo los pies sobre la tierra aunque en esta ocasión hubiese preferido hundirse en la inconsistencia acuosa del devenir. La idea era cambiar la dirección de algunos de los anticiclones para generar un diluvio, una gran tormenta que calme la sed de los mortales.
Y de repente, se hizo el agua. Y no fue al séptimo día ni hubo cordero sacrificado al dios ese tan raro, el que ama la sangre antes que el amor proclamado. De pronto, el agua. Elton sintió en sus ojos el sabor del agua. Es que no la esperaba. Cómo pensar que después de todo esto, después de este padecer, la reaparición iba a ser en forma de olas. Olas de río, no de mar, alcanzó a pensar él cuando atinó a cerrar los ojos, ¡la pucha! cómo arden, soplar por su nariz todo lo que los pulmones guardaban como un secreto, para evitar su inundación. Olas que entran por las puertas, las ventanas, las hendijas de marcos de aberturas mal terminados. Olas de río marrón, mezcla de olor a arena, sábalos nunca pescados, vómitos de cañerías mal escondidas que traen lo que en estas ciudades que juegan a que no saben, que no palpan lo que los otros dejan escapar con placer y cargo de conciencia. Sentados, con esfuerzo o no, amparados por alguna lectura quizá, o de pie y a los apurones, relojeando de lado porque la curiosidad por el tamaño es humana. Olas de río que lo empaparon, lo pegotearon, lo zamarrearon y lo estamparon contra su tonel secreto. Elton sufrió. Vaya a saberse si por el tonel perdido con pescaditos y tortugas tan sorprendidas como él o por no haber sabido prever este acontecimiento. Tonel hecho trizas.
Tan de pronto como la llegada de las olas vio que sus alambiques se derrumbaban y que años y años de lucha se iban a despedazar contra el tonto cemento hecho piso. Quiso gritar. Elton no pudo porque tragó más agua. Y hasta un pez azulado. Entonces estalló. Despertó de su pesadilla. El sueño lo había vencido en su laboratorio y el íncubo del agua reaparecida cesó al caerse de su butaca de investigador. Elton se despertó. Y, claro, no había agua. Su lengua pastosa olía a mierda. El mismo lo olía.
FOTOS: Fernando Marquinez
junio 12, 2007
Fractal de humus
A Fernando
La abuela nunca entendió la teoría del caos, sólo entró despacio al motel como esperando una guillotina o la última noche deseosa de pañales y placas tectónicas.
Todas las ventanas iterativas vislumbraron las dimensiones del ángulo y sus preferencias geométricas. También ella iba a abrirse de piernas. Si él aún no estaba era por la lluvia, tan intensa como el deslumbramiento que ocasiona la dinámica de los cuerpos mojados a la intemperie. El algoritmo concibe los pasos hacia la finitud de una cama tapada. Los resquicios transigen la plenitud elemental de una habitación telúrica en sus manos. Ella vuelve a gemir y el centro de la esfera carcome el piso de mosaicos rústicos hasta desubicarlos.
Su naturaleza coloidal la perturba esta vez. Envuelta en las sábanas de hongos se reclina y no encuentra la posición, da lo mismo cierta iniciación fetal que la descomposición prosaica de los picaportes. Algo comienza a moverse. Si la espera terminase, no serían falseados los vestigios de huellas. Plagiar un orgasmo antes del último relámpago. El cielo negruzco anuncia la fermentación. Un retraso cósmico intercala nuevas costras con los viejos grumos. Ella se quita la ropa. La conmoción espaciosa desde la puerta, geológicamente cerrada, hasta el velador, excluido del temporal, detesta todo sueño potencial regido por lo que nunca llega. El amor no existe pensó la abuela antes de lamer la última gota deslizada sobre el vidrio y su torso achatado se desfiguraba como infringiendo la presencia objetal del suelo en la ausencia de la pared.
Una mujer avanzada en capas, es como un surco de vinilo frecuentado por la púa desconocida de las cúspides. Un giro revulsivo devela lo subliminal, mientras pasan los micros hacia casa. En la embestida de las lechuzas se acuesta otra parsimonia de callos supersticiosos. Una mujer avanzada en capas podrá volar lejos cuando decida ligar sus hijos a las trompas. Una herradura que acontece después de todos los días que pasó despierta entre la sombra sonámbula de los techos y la espalda grupie coleccionista de rieles.
Fueron precoces los devoradores de espinas dorsales, fueron viriles las uñas que rascaron sobre la rusticidad. La visión futurista de otra era, el recalentamiento polar. Ya nadie considera la importancia del servicio metereológico. El prolapso del eje se vuelve carne. Ella tiembla, como la válvula de los paralelos. Descubre su causa genital en los determinismos del índice. Su traslación se parece al único cosmético frígido del ajuar, su rotación, al ciclo irregular del espejo que dilucida cada intención del ojo por ser cuerpo.
La abuela siente la erosión en sus tetas, no va a atravesar la puerta. Si algo existiera del otro lado, el núcleo podría disgregarse. La creación o el aniquilamiento captan el signo de los carruseles. Muerta la corteza paladea cosas de otra intimación en los cuartos contiguos. Si mañana cesa la humedad, el piso seco contendrá un enema sólido de muecas. Hasta la misma sanidad que los trajo.
Por más que él no llegue, las piernas siguen retorciéndose sobre el somier como informando la imposibilidad. Desde los moldes, se desfiguran sus cicatrices espectrales hasta difuminar la redondez del prototipo. Desde los mapas, se marcan los límites de un quiste limítrofe. Mientras alguien come a orillas del Mediterráneo.
mayo 10, 2007
El beso antes del beso
Como un síndrome desflecado en una última corona. El dios Eolo nos ventila la boca, el paladar amortigua el impacto, las encías suben hasta incrustarse en el tabique, la lengua retrocede por las paredes revocadas del esófago, el labio masacra al escozor y nuestras amalgamas se desbordan sobre el tapizado. Tal vez nada se parezca a este insomnio tanto como las figuritas que juntamos cuando un tornado nos inhibía. Las cosas volaron, estallaron los cristales de las copas, alguien encontró la piedra que durante años guardo la abuela, se escondieron los niños, se rompieron las tejas. Nadie puede decirnos que será del perro encadenado, de la sortija y de los cosméticos usados antes del té o después del mate.
Temporoespacial integración de lo que se aprovecha.
Se inflaman los pechos, la indemne suspensión de los canastos. Un bosque poco verde para que cambie el clima. Algo suele desestabilizarse en las habitaciones de trabajo, el timbre del teléfono bajo los pies. Suena otra sirena sobre los rieles. Los antojos suscitan la denigración de los ascensores descompuestos sobre los pisos de madera para que un hueco sienta la misma inmunidad que el cuerpo. Se puede remarcar los bordes en los bordes sin que se derramen los colores del líquido, lo elocuente, lo particular. Desafiar la moral de las puertas cuando se cierran. El cetro fundido en la espina dorsal, la penetración venidera, somos una isla flotante, el miembro a la deriva afectado a la tierra mojada entre su aguja y su cliché. Todos abrimos la bolsa sobre la inquietud de la tempestad. Una cinta roja ajusta a la muñeca y los factores de alerta condicionan los plegamientos. La viruta persiste en el aire, nos convida del tapiz, la arquitectura pop de la basílica.
Marasmo.
La estática sísmica del corpiño se apiada de la noche y sus desembarcos. Una luz tenue y alejada del Olimpo. ¿Sabrán que hay alguien aquí afuera? ¿Sabrán que somos restos del viento? La cicatriz perdura en la corteza, la reabre y se infecta. Deambular en las rampas hasta encontrar el vértice donde se acomoden los dedos. Se puede soplar en las expiraciones sin que nos detenga el sedimento. Se aplaca la dosis, el plástico descarrilado y la heroína produce lo que nunca antes había producido el deseo. El tráfico de muecas musicaliza el retén. Un desierto de espejos y el perfume detrás de la oreja. No estamos on line, porque algo huele mal. La investidura de un arrecife que no encuentra lugar en el espacio, los triglicéridos anacrónicos que azotan el rencor de un arca hundida.
Las pascuas separadas, nuestra cuaresma no antecede la vigilia, no hay visibilidad en una cornisa.
Ayuno y abstinencia.
La era del conde y el río fluye por enésima vez. Las papilas gustativas se socavan frente las cavidades bucales del cable coaxil. Antes del beso se evapora la saliva hasta formar nubes de enzimas.
Ahora todo confluye en un diluvio. Después de cuarenta días y cuarenta noches, cada uno estará en la boca del otro.
Fotografía: "Beso cartoon", por Fernando Marquinez (dibujo de Alexa Laura Poveda Marquinez)

