septiembre 20, 2013

Efecto mosaico


I

Para que ella siga sacando llaves como espejos, algo de la anatomía  de las cosas abiertas tuvo que cerrase.
Y pensó espiralando la forma que determina que más que cosas como espejos sacaba almendras como palabras de todas las partes que dejaba entrever su sexo por un orificio en la carne,
a través de la carne que se espirala como el pensamiento aunque no piense ni saque nada.
Camina con la cabeza gacha sintiendo la presencia de todas las llaves que lleva adentro y no pudo  sacar porque no hubo evento en la piel que lo permita, ni agua en la boca que la desborde.
El fuego había trepado al cuarto círculo y era lo mismo decir que le había cercado la nuez. Ella sabía que debía escupirla como sea, soportando la inanición del silencio de los techos.
Y cuantas cosas abiertas se nombraron y cuantas cosas cerradas se desnombraron.


 II

Su efecto mosaico de estaciones pluviales se objeta el método utilizado para sacar.
Y uno cree que piensa y uno cree que saca hasta que el fuego harto de circular definitivamente llega a lo estrepitosamente neurálgico.
Llega y saca la última llave con vida que adherida a lo umbilical sale disociada de toda posibilidad de abrir algo que no contenga apertura.
Igual sale y se queda infértil en el pensamiento ahora lineal que las cosas como espejos ahora tienen de ella en tanto y en cuanto deje de seguir cerrando.

febrero 17, 2013

Ensayo para extinguir el sueño


Ella aprendió a dormir sin que nadie le enseñara, no nació durmiente. Se hizo.
El flagelo de cerrar los ojos ante un pleural insomnio, prolongado y efímero, retraído y pudoroso, sofisticado y transeúnte. Cerrarlos de a poco como a una cortina de hierro, hasta acomodar la oscuridad del sueño, aprendió a dormir como quien aprende a hablar. El lenguaje onírico de la noche moderada en el festejo de unos perros callejeros que tampoco duermen porque no pueden aprender, salvo el hábito. Su costumbre o su reflejo condicionado. Ella aprendió a dormir y eso era un reflejo, su costumbre más repulsiva.
Se movía en el árbol azul con la misma zozobra que lo haría en la cama matrimonial, invadida por el límite, tácita enunciación de posturas disidentes en las células de la vigilia.
Dormir es perder el guión de lo que viene a posarse en uno mañana, cuando el tiempo decide dirigir y ganar el duelo de los despertadores. Dormir es someterse al proceso que la clorofila desarrolla en cada hoja y desembocar con la savia que consume cada boca álgida después de ser vegetal.
Se hizo durmiente con la luz del día, porque alguien quiso que se haga.
Cada posición que experimentaba la hizo sentir más cómoda hasta sostener el reconocimiento del cuerpo aunque este despierto como la única razón de suplantar el vacío del árbol cuando nadie duerme. Esta no era la noche, tampoco la perpetuación del bostezo.
Un corrimiento antropológico, nada es como parece, nada es natural. Un esquema de ronquidos salvajes, sobre los troncos, la diferencia de los animales, del resto de los animales diurnos y nocturnos. Ella aprendió a posicionarse para dormir sangrando en la saliva, toda la boca abierta de lenguas universales, todo el alimento de los sueños ajenos que no pueden sostener el desequilibrio y el desborde.
Y cuando ella duerme pasan cosas entre los insomnes, pasa del hambre a la tormenta, del engaño a los médanos, pasan cosas probadas e improbables, pasan casos extraños y casas de antaño. Pasa también la vigilia y sus coordenadas para interpretar lo que creemos es verídico. Pasa lo que queremos creer, pasa lo verídico.
Ella duerme despacio, sin el espacio de su seguridad objetal. Parada fetalmente.



octubre 24, 2012

Clara como el agua


Mi madre es como un panal austero de sótanos, donde abejas incorporadas al espacio de abajo sudan la miel que después consumimos. La concepción de lo más dulce. La mejor manera de ver in útero cuando el cuerpo se incorpora al espacio de afuera. La razón del vientre.
Mi Edipo inconcluso salva las tardes de chocolatada con churros, de chico, después de mirar los dibujitos animados o estudiar geografía. Redime los mediodías de domingos lentos, de grande, después de dormir un poco. La salsa entendida vislumbra la inclusión de sus manos al mundo. No sólo de insomnio vive el hombre. Aunque yo sea al género, lo que ella a mi existencia.
La intrépida excepción de los registros mecánicos sin las escaleras o el miedo a las tormentas. A veces ella sangra pero cura con el líquido más prístino cada corte desvencijado como encendiendo una vela aromática si la luz se desvanece en los mismos focos que me vieron leer el principito o la obra completa de Néstor Perlongher. Sabe de los secretos que refractan la esencia misma de las cosas, también cuando mi cuerpo se desvanece adentro.
No le molesta tanto el dolor primal en las cervicales, vuelve a sus quehaceres con el mismo orden que se conserva en el movimiento de la última asana. Námaste me dice, casi como un gesto prudente para abrir la mañana desde el reposo cordial de la espalda detrás de un vidrio que me inculca el color y la forma. La postura del universo. El beso armónico. Los muñecos articulados. El desborde de la fiebre en un paño húmedo. La ciencia de una mirada.
Mi madre podría haber sido tranquilamente la reina del enjambre, pero prefirió ser panal.

septiembre 17, 2012

Hay que saber bailar


"toda gran tormenta demuestra la pequeñez de nuestra existencia ante lo natural"
          Kung Lao

En el minuto de aguja desvaído como en la promoción de escaneado hicimos fingir el cuerpo de un movimiento que no sabíamos mesiánicamente si teníamos.

Decías sobre los vidrios, decía en la esponja orgánica, decías sobre el bidet, decía en las aletas del ventilador industrial, decías sobre el diván, decía en el baño químico. Decías del determinismo lacaniano como una marca de piel en la piel. No decía nada.

Unas vueltas cotidianas, las que salvan un recorrido, voy cayendo como una sustancia adicta a lo que se dice, se mezclan los colores en la acción de la pantera locuaz. El tablero de ajedrez espera la próxima reacción de la ficha vertical al rey que juega molecular, a concebir el jaque más anestésico del ojo.

Es amontonar las píldoras en la cabeza que resiste y concilia la idea de que en realidad no hay movimiento, sólo hay formas de moverse. Formas adecuadas al molde, adulteradas y adeudadas. Formas precisas, precámbricas y presagiadas. Formas insinuantes, inusitadas e insurrectas. Formas diabólicas, diametrales y diáfanas.

En la hora de aguja desnutrida como en la definición del fotograma deshicimos la conciencia de lo que está quieto infundado en el orden causal de lo que está.

De tiempo indefinido vive la estática, de estática definida muere el tiempo, alfabeto de reacciones térmicas, una mueca constante al sismo despierto. Perímetro de pausas espaciales, donde la tumba disociada lacra los grumos. Saltar sobre los grumos, esparcir el registro de nulidad concediéndole la licencia arbitraria al servicio meteorológico.

Hay baja presión en estas planicies de amor normal, un interdicto de paredes manchadas o paladares ilegibles. No conviene decir las veces que dijimos, no conviene decir los relámpagos. La carga es lo de menos, siempre y cuando sea uniforme el paso y la vuelta al mismo lugar, como antes del síntoma. No sé bien de dónde venía esa música confusa, pero la espiaba todo el tiempo y se definía entre la sangre y su cercana figura a lo que sistematizando el desvelo hectopascal, parece eléctrico.

agosto 25, 2012

Ángela de la casa


Como una presa, la locación se olvida de uno entrelazando la espera calificada de un aviso que vende un monoblock semi amueblado y una calle profana, al final del paisaje con su nombre huérfano, nunca pronunciado por las demás calles, nunca pronunciado por las demás presas. Encastrada en el Dios de afuera, que mira como un amuleto detrás de la ventana nos protege hasta acumular la culpa y la vanidad de los espejos. En esa casa no existe el tiempo ni la doble circulación, sólo el veneno del funcional ejercicio de los que miran y una oración ambigua para desconcertar el rumbo de todo pasante.

Obligada a fenecer ante el espacio que no habita ningún objeto pone en las cosas vacías, otras casas. Casas viejas y sinceras, con valijas y sin concreto, señaladas y cancerígenas, volátiles y artesanas. Casas mudas e hispanohablantes, intransigentes y despechadas, del barro y del mismo caos que trajo este corte.

Cuando despliega el vidrio del comedor que da a la garita de la línea f se aglomera el anticiclón de la perpendicular que confunde el vértice con su reminiscencia, el mundo sólo es lo que ha visto, lo que pudo ver. Un colectivo detenido cursante de la hora exacta, la llegada humectante de la vendedora de cremas, un celofán de amoníaco en las nubes subterráneas con camiones de residuos, nada más podría pasar en la coyuntura. Nadie más en su memoria de cosas quietas, suspendidas en la cuadratura de un plano fuera de foco.

Nunca duerme, nunca come, sólo mira con dirección medida a ojo, el rumor de las viejas de las bocas incendiarias en los balcones desapercibidos. Todo es enfrente, otra medida, la dirección contraria de las veredas desaconsejables con raíces de tierra firme y agua gravitatoria de campos magnéticos desapercibidos.

Maldice el remiendo que tienen las movilizaciones trazadas en la esfera de un acto sombrío haciendo del perímetro la contra mirada, cuántas cosas no pudieron detenerse en ella. Queriendo judicializar el mundo de los bloques linderos, encontrando el ángulo que festeje el acierto invisible de la ciudad aplanada.

La propia geografía está en la forma de pestañear que tiene sobre el pavimento caliente y esmerado a combinar su esencia con afables correlaciones inorgánicas. Queriendo visualizar el accidente que dio origen a lo que se contrae y se dilata hasta morder el anzuelo y perpetuarse en lo increado.
Alguien se dio cuenta de las puertas quiso entrar despacio como encubriendo la pena merecida de las moscas que le agregan a cada mueca una disolución facial de cuadro estampado en la pared sin revoque, tal vez una foto que condice con lo impasable. Alguien la vio, desangelada.

junio 21, 2012

La hermenéutica del movimiento y sus consagraciones cítricas (la noche que me hiciste gajo)


Cuando el movimiento se parte, se desgaja el todo como en la médula de una naranja pulposa invertida. En la seda donde se revuelca un gato. La vi descascarando y escupiendo las semillas, detrás del vaivén de todas las cosas que no se mueven, ni se moverán. Miraba con los ojos fijos depositados en los ojos míos, me dijo que eran naranjas de campo, muy jugosas, y que servían para exprimir. Algo del jugo había manchado su tejido, justo donde la periferia de un pecho no intenta continuidad ni interrupción alguna. Sólo espera el tacto por sí el movimiento también fuera a desvanecerse después del aerolito.
Es la preservación de la especie que despoja de tronos maduros en la frugalidad del deseo estomacal. Cuando la partida se mueve, se asemejan los ápices por debajo del esternón. Detrás de ella pasaban los trenes descarrilados y se tocaban como los gajos nunca vencidos. Su proceso era minucioso, ubicando las uñas en cada lóbulo conspirador hasta ramificar la gota dulce por todo el circuito, así enraizaba también el entumecimiento.
Ciertas celebraciones, la festividad de todos los demás gatos que buscan los desperdicios y los hacen sorbo. Se enlaza lo de adentro con las cosas que afuera brotan desde las germinaciones hasta sus trompas ligadas. Cuando una de las partes se desliga del todo, el movimiento se desliga del movimiento y se hace parte en el todo, todo en la parte. La trayectoria parabólica como simiente adulterada que infringe su boca para que no encontremos represas donde contenerlas, me hice una escuela de plantaciones en las naranjas educativas que van multiplicándose como panes y peces intergalácticos sin que nadie juzgue que apenas una simple oscilación nos permitirá morarnos.
Me dijo que en el hesperidio se escondían los flavonoides retratados en las inmediaciones de los cítricos inmóviles, ni los pomelos ni las mandarinas. Lo dulce apropia la ventaja de la culpa reconocida y la desventaja de la impunidad. Por eso ella seguía escupiendo retrasos de naranjas de ombligo.
En la cura desdeñada, los alfiles reumáticos dejan de lado la superación y lo oblicuo se hace recto, como una torre inverosímil que se acepta surrealista desde el último sueño de reina.
Como el ácido oxidante, las locomotoras se fueron depurando, siempre detrás, adjudicándole a la fotografía del universo contiguo a esta habitación, un contraste de paso a niveles violentos. Sin los matices de los últimos trenes que miramos juntos antes del enroque. La posición también era la misma.
Una jaqueca que juzga la metamorfosis del dolor, la comodidad de sus manos ahora en mi boca, segregando los líquidos más adheridos, sin siquiera mascar la sangre que queda en los vagones, las cuadrículas inutilizadas. Todo es tan medido como atiborrado. Los cálculos nos subestiman, un jaque que no juzga.
Como una pronunciación infinita, esta vez me preguntó si la muerte de la naranja era también la muerte del movimiento.

febrero 14, 2012

La indecisión del omóplato

“…le hizo ¡crack crack! el hueso al final. ¡Que ruido! ¡crack crack crack! hasta astillar…"
Indio Solari

Caminemos por la calle, no mejor por la vereda. Quiero que llueva, tal vez nos convenga el cielo despejado. Me gusta la comida vegetariana, ¿por qué no vamos a una buena parrilla? Voy a pedir sushi, tengo un terrible antojo por una buena hamburguesa con salsa picante y choclo. Esta noche nos vamos a cuidar, ya he dejado los anticonceptivos. Lo haremos en el auto, lo haremos en el motel, lo haremos en el jardín de mi abuela, lo haremos en la casa de papá, mejor no lo haremos.
Un hueso chico, hexagonal y ondulante no debe despreocuparse de la geometría que el cuerpo merece a partir del corolario de transparencia torácica. Como un brote psicótico sudan las manos que quieren tocar el vacío, la aturdida rutina de enaltecer las diferencias entre lo que finito, se guarda en la ofrenda, e infinito deja de transpirar para transcurrir disecado.
Las vértebras del trapecio escapular desconectan la figura del húmero con la clavícula y derivamos en eslabones en estado de coma con casas imperecederas sin retorno a los sectores más privados con fotos que manchan las paredes pintadas de amarillo agua, el paso de la puerta a la muerte. Porque ya no hay vida en las esquirlas de la madera terciada que ha estallado en los marcos para clavarse en el ecosistema doméstico, el que vulnera nuestro hábito capcioso. Ir y venir desde la posibilidad para no concretar la investidura.
Despacio, no rápido. Arriba, mejor abajo. Borges, no Cortázar. Menotti, mejor Bilardo. Visitaremos a la tía Julia, a mi amiga Vero, prefiero a mi ex que cambió el auto, mejor a Elena que se hizo un aborto, nos quedaremos en casa. Voy a limpiar la cocina, ¿quién limpio el baño? Servime vino, preferiría gaseosa, por favor que sea café, ¿y si tomamos agua.
Preguntaba si la parte más sólida pertenecía a la esfera primordial de toda composición que si bien podía ser humana, supone un desenlace mutante de estados. La fórmula cóncava eximida de la velocidad y la fuerza para que un dardo concuerde con el número exacto de las adivinanzas. Levantaba el hombro izquierdo clavándose el mentón en lo que le queda al espacio bipolar de las almohadas. La baja presión la salva del tentáculo penetrante que la gastronomía del pulpo esgrime. Las palabras ventriculares que quisieron ser amígdalas como el silencio perfecto que cada incrustación había añadido al tórax. Las estructuras edilicias sobrevienen y todas las aberturas arcaicas se cierran en la vellosidad ufana del sueño. Todos corren desparramados resbalando en la brillantez del cerámico, excederse intensifica la caída pero nadie sale de los tendones de los escombros para ver que arquitectura le conviene al pecho y que pecho le conviene a la espalda.
Como una fermentación de aceites vencidos en la misma decisión del ruido por dejar de serlo. Cruje en la contusión de las certezas, traza lo imaginado por la tiza y la espera del cicatrizante. La indecisión también tiene su antidepresivo, en esta figura deformada del dogma terminal de los desosados.


noviembre 16, 2011

Hernia

Cuando ella empieza a llover corre la avenida Francia en sentido contrario, muestra su fósil oscilación inguinal como un correlato de niebla en la zona perimetral del deseo. Correr en ella no es alfabetizar las coordenadas ni eyectar cada espejo de agua con pavimento sano. Correrla no es adosar la planta del pie a la masa de la calle ni cavilar el afluente de una secreción signada por la cosmética del colapso.
Sólo pasa un perro adueñado del trayecto y la docilidad que ella provoca en la inundación, se retuerce después toda la lluvia como amodorrada, promulgando de cara al piso su culpa incesante por seguir cayendo.
Recae el sentido de la indignación o el atascamiento, el perro goza del límite que moja la espalda. El primer obstáculo superado al cruzar la diagonal representa el modelo de superación que todo animal infringe después de abastecerse, ella sigue corriendo atestando ojos en las cuatro esquinas. Algo de aceite se desparrama defectuoso sobre las sartenes del bodegón. Ese olor cauteloso que inflama las fosas del duodeno y se infecta en la tempestad clamando el fin de los tiempos bautizados en la misma ocasión que peca el cielo. Un diseño ácido en el paisaje desfigurado de la noche, envuelta oficiosamente con cada impacto que orbita la inducción. Un plato de comida no es para la lluvia, lo que la decorosa grieta en la tierra es para el perro. Ambos se encuentran en la rusticidad de la sobra.
Se estigmatiza cada paso que falta para llegar a destino, salpicando la frontera del decomiso. Se corren los vehículos estacionados como el vino misceláneo. Como una mutual de resfríos mal curados, nos empapamos de coberturas selectivas creyendo en la disolución que algún día podrá espaciar el paradero.
La gente se amontona en la consistencia y liviandad del aceite como el peso muerto que flota en la embestida, ella sigue haciendo correr la avenida que nada tiene ya para mostrarle a los corredores, las valijas repletas de miembros caninos, los suegros de la última novia casada por despecho, los sostenes del cuerpo cóncavo.
Se desenvuelven las marionetas tendidas en la soga del patio huérfano, se salpican los tobillos cercanos a las cabezas de los de abajo, no hay demasiado resquicio para recalentar el menú ejecutivo. Nos acercamos a la puerta, el último estruendo después de la luz violeta nos detona la sien confundida con los cordones vaporosos. Los grumos del cemento solemne elevan la debilidad del mozo arrojado a conciencia a la voracidad del tumulto trazado en la carta como innovación gastronómica. Toda la porcelana se destruye en los mostradores y nadie paga cubiertos. Después el foco incandescente presume un secreto inanimado a la hora del reencuentro amante y todo lo que esperamos nunca tendrá posibilidades de encontrarnos.
Parece haber refrescado en la intimidad del efluvio, la térmica no soporta un ladrido más. Para el secador no hay ninguna suerte amalgamada a los efectos del premio de la lotería.
Trepar es una utopía, falta el aire. Murió el perro y ella se detuvo ante la copiosa insinuación de lo que vendrá a recetar lo condicionado del reflejo, en la operación hubo un corte que no se seca todavía.

junio 15, 2011

Un chiquero menos cosmopolita

En esta guerra de chanchos, la dieta es para la paz, lo que la sobra para las moscas. Un anestésico de prototipos inusuales, los murales derruidos, una vitrola de ruidos mezquinos, el pacto conciliador entre una de las partes y los aliados.
Suena algo de música gospel en los alrededores y vamos sumando adeptos a la causa común. Las mismas absorciones del alud que entierra los desperdicios en las bocas de las terrazas de los edificios linderos, desde adentro seguimos mirando masacrar las vísceras, un exterminio porcino. Veía con asombro la cara de felicidad que cada chancho desdeñaba después de matar a otro chancho, supuse que algo de la misma especie sólo podía ocasionar felicidad y repudiarla a la vez cuando se extinguían las voluntades innatas, cuando de igual a igual las mismas armas sostenían el pleito sin congoja, sin omisión ni abuso, cuando todo es del mismo origen y viene del mismo chiquero.
Volaban los pedazos de marranos como neonatos por el aire y nuestra mirada agravaba la descendencia, el árbol genealógico de las Navidades, un fin de año desligado de la carne blanca. Nos embadurnaba la sangre exiliada de los matorrales y sólo oficiábamos de espectadores neutrales, sin dictaminar siquiera una sentencia que revitalice los andamiajes de un chiquero normal.
Si pudiésemos mordernos, ninguna pelea sería equitativa. Los desbordes de un chancho sacado eleva el rumor de un desenlace químico. Después vendrá la liberación, los resquicios del barro suave, la detonación final de las bombas grasosas de un dios chancho desenvuelto, atractivo y voraz. El perdón de los chanchos fieles, los que buscan la trascendencia en un chiquero superior. Las castas igualitarias del veneno, la rendición merodea la quinta como el mismo acto de contrición, el estado religioso de los chanchos también los redime, los calma.
Corrimos desesperados resguardándonos del hedor como hedonistas que se aíslan o sicarios rebeldes, entre el mismo sonido y la ración medida que se pudría en los platos de madera ahuecada. La vanidad del chancho nos convocaba como queriendo escapar de la masa amorfa y una hilera de chanchos nos amedrentaba, nos inundaba la vulgaridad o lo que hasta ese momento creíamos de ella. Una chancha preñada es más que un eslabón procedente del plancton, es la consecución del deseo chancho y mecanicista del mundo, es la preservación del cuerpo en la forma. Muchos chanchitos de chancros chauvinistas, achacaran los charcos hinchados.
Como planetas desorbitados la estirpe interrumpe su belicosidad ante la beligerante condición de los trogloditas. Se agrupan los muros delante de las narices fruncidas y algo parece estar seguro detrás del avasallamiento.
Lo que nazca, lo que venga después de cada brote exterminado, los chanchos del futuro, nuestra impiedad y esta estrepitosa irrupción heterodoxa por desigualarnos, hacen de todos los chiqueros del universo, el único lugar propicio para salvarnos del espasmo de los ojos decantados y las otras formas incorpóreas del coma.

marzo 11, 2011

Pérsico

A Pipu

Un pollo apoyado, el toro atorado, nuestras bocas evocadas. No te emociones, sólo haz el relleno en una olla que no sea la misma que usas para la depilación.
La tabula rasa que tabula el azar entrelazado a tus orígenes, lo mínimo en mi Nimo ausente, soslayado del layo. En el mismo as de la luz, el que guarda como un electrón que mascullaban los hilos. Promociones de silos, nutrientes del sistema tradicional. El aceite de oliva. Todos nos intoxicamos.
La mente vacía, la percepción sensorial iniciática del repulgue. Una horma deformada en la inhibición del vicio. Los esqueletos que le tosen al viento. Armar la forma de borrar las huellas, dejarlo todo en blanco. Gatillar con el gato al lado. ¿Qué calibre perece en el estómago, la caída libre? La bala fue precisa.
No marques territorio, sal del cuarto como menguando la sal del ingrediente. El alud de la salud mórbida. ¿Acaso el fracaso acá saca el caso?
No pases más la lengua por los restos impregnados en el tapper plástico, tras las añoranzas de la muerte nos fuimos despacio los dos, incluyendo el molde del disco apelmazado en el sartén. La fritura del ritual del mediodía de los amurallados, ralla la raya como límite limitando lo fronterizo con un tero precoz. El eco de la tapera, la intuición del dogma devenido en tu dios de cada máquina. Aquí nada suena como lo que enerva las zorras azoradas, ciertas licencias de recetas silenciosas, las ansias de volver a la lencería, nuestras encías vencidas, ¿sería la esencia esa parte del iceberg su enzima de cima cóncava?
Un ratón maratónico difiere de los monstruos egregios del pez apesadumbrado. El único océano que nada en las empanadas tras las rejas del horno, soborno que sobo en Kosovo el torno del disfraz que dista del miedo, más pasas en la rutina. El oso acorazado en mi famélica transición.
No te desvincules de la gastronomía osada. No le pongas aceitunas que se oxida la carne, gas que hace tu nacimiento. Miento, uno nace para ir muriendo en cada bocado, cada deglución perpetua del distrito hepático.
Algo se quema esta tarde en las panteras del panteón panadero. Así como nos irriga otra sangre de la periferia feriada, ahí donde duerme cada brasa. Grasa decapitada, de capital sincera, con la misma cera que antes fatigábamos las plantas de interiores, de los pies irrigados.
Lacera la masa de hojaldre sobre una mesa de hojas al drenaje sucio que la abuela configuraba después de la operación. Era la ración de la ópera que tanto nos daño el oído mientras el odio mandibular prefería otro manjar de cebras celebradas a la orilla del ripio. El bosque del sueño.
La cebolla inunda al sebo y bolla entre las bolas de fuego imberbe sin ver cuánto de la cocina supura su pura orfandad.
Ahora chorrea el líquido sobre las manos que buscan completar la escena. No pises los carozos más caros menos cuidados. El polimorfo segrega la propia saliva de la digestión. La armonía del mono evoluciona hasta que la cocción deja de ser la verdadera y sustituye la versión original del hombre especia. No debes condimentar lo que falta, el eslabón no se disuelve.

Foto: " la percepción sensorial iniciática del repulgue"

diciembre 11, 2010

Cinestesia


Todo el recinto albergado por los leopardos se había inundado de violeta. Recorrían puntos que olían al mismo color y no llegaban a ninguna parte, se veían del mismo color y terminaban comiéndose. Difícil desafío el de desplazarse por los anegamientos del color subrepticio de un disco compacto.
El referéndum de los nanómetros y un destino que nunca tuvo origen. El violeta avasallante que impone el tacto y los ojos amedrentados casi ciegos. Un predio rústico con la forma de la misma mujer modesta que nunca encontró la puerta de salida en la zona irregular y desprovista de lugares donde se limpie el cuerpo y las distensiones de los músculos en los miembros fértiles descrean de la imposibilidad de poder nadar.
Los leopardos al menos nadaban contra los vidrios de color violeta en las piletas de ultragua considerando el malestar que el color les propiciaba a la sequedad de su piel.
En las aferencias de lo sensorial el movimiento imperceptible de los animales nos recrean el nervio y una mirada constante al ruido que violeta penetra también el tímpano como haciéndose cargo de nuestra existencia, la diferencia con los animales ya sometidos a su engranaje.
El sentido confundido del ojo al que todo se le viene encima y lo acorrala contra su propio cuerpo, lo mete dentro de él, lo sumerge en la profundidad de lo inapropiado. Se desparrama el color por las rendijas y todo lo que era parte del interior logra esparcirse en la horizontalidad y crece la forma, se eleva. Transforma el paisaje gustoso. El rol de los inundados interviene en la sofocación de todo acto voluntario coordinado. El destello de otra luz nos disuelve al polvo de un violeta algo desteñidos hasta que dejamos de ver y todo es ese color que recurre en la manera de tocarnos y se asemeja a este desconsuelo propio de los espacios sin pileta.
Nos adentramos en sus fauces degustando el recorrido del tono mezclado en la longitud ínfima de onda. Un registro de pérdida conceptual. Extendemos los brazos y flotamos en una superficie de tubérculos sin coordenada, no hay borde en ella.
En lo último que se percibe, se esconde el efecto del físico menguante, el espectro que concluye el deseo empírico de la vista. La neuralgia que decapita el sismo, interviene en la misa ornamental que arbitra el juicio desfasado del repelente. El líquido corporal se introduce en las venas que no fuimos capaces de arrojar, un militante linfático que regenera la pigmentación amputando los valores y su destino degrade.
Los estruendos de vidrios después desperdigados en el universo violeta son la misma intención que tenemos por incrustarnos. El desplazamiento es anatómico y se configura a la espera de lo que sabe a leopardo daltónico.

noviembre 05, 2010

Sutura escamosa


"... entras, te vas, te escondes en la puerta..."
Charly García

Hacía como que el espacio contenido la expulsaba pero desentendía la natalidad de las bisagras. Una herejía de cerraduras dispuestas a la manera del ojo desviado, los recovecos de la sociedad de fomento intercambiados con el propósito de la celulosa. Se tuvo que comer el tomo uno de derecho francés para darse cuenta que lo suyo tenía que ver con lo coronal, la figura anatómica de las entradas o el repelente diáfano de las salidas.
La masticación del infinito en la bóveda desarticulada del clearing no le quita el gesto, la mueca de labio estirado en la prominencia de la hinchazón del pómulo. Un destino occipital, se deshizo después del último elemento genealógico que la amparaba telúrica, a las grietas y la suerte que se convierte en perro cuando las paredes se achican y empiezan a morder, a machucar la piel fajada y en la habitación todo se reduce al recreo del escritorio sin aire.
No hay futuro en el sepelio del marketing de la mandíbula, habían sido varios los convocados a la mesa de enlace, como si algo ya hubiese sido roto antes del apriete, antes que todo lo que se incrusta en la intersección, desaparezca. La carne cruda o el desvelo de la rúcula que sabe incluir los jardines del molar y esperar un lapso, la melancolía de la lengua y su registro de vacíos mesiánicos.
Se precisan los engranajes y se envuelve en los mantos de atmósfera miscelánea atrapada en la forma, camina despacio por el trapecio temerario de hombrecitos clavados en la luz que atraviesa el grosor del vidrio confundiendo imagen con interferencia. En esa superficie rugosa, donde se destierran los conductos, se escurre entre los dedos de lo que la intenta agarrar y siempre el mismo desenlace adelantado de los actos interviene en el desmembramiento. La caja tiene una tensión acreditada cuando la materia que ocupa la materia se mece en la coyuntura temporoparietal.
¿Será el contacto con la criminalidad de la línea el que contraiga acurrucado su aerodinámica nasal? ¿Serán las alfombras voladoras las que atraviesan los techos hacia la dimensión del cielo craneal?
Ella merece una consagración como esta, la que infrinja el modelo de un festejo sancionado en las fibras de una baldosa suelta.

julio 20, 2010

Corolario de un ecosistema


Yo fui su acuario, no pensaba en el agua salobre. Quería verla adentro, como un inquilino subacuático, maltratado. Esta sustitución del vidrio por lo que no nombramos. Una esquirla de la misma sangre. La pecera depurada. Y nos torturábamos mirándonos.
Un reactor insuficiente, las cosas que nos controlan y las que nos mantienen atérmicos. Eso explotaba alguna vez, como todo lo que se mantenía inmune.
Su edificio del agua me excluía de alguna manera, dejándome adentro. Ella se alojaba afuera. Mordía el borde del plástico hundiendo los ojos en la transparencia. Eran las hidras que conservaba el arrecife. Un pez decorativo.
-Lee en francés toda la noche, me decía con tono anfibio, como si un acuario poligloto debiera ser el único aditamento necesario para calmar la tierra mojada, su sed aérea. Y yo recitaba entonces algunos párrafos cansados de Proust. Olvidaba el punto que acomete entre su final y lo que nombramos.
Siempre pretendí un acuario comunitario donde convivan otras lenguas, otros puntos, otras miradas y el mismo hábitat. Un sistema carcelario de bocas constreñidas. Algo que no se deje ver, y era entonces cuando me llevaba a lo más exacto de su sexo, incrustaba en él esa pureza, la integridad del líquido, su cúmulo hídrico. Movía despacio sus pómulos, como vaticinando el contraste. Una catarata.
Su acuario estaba adentro, queriendo ser yo y una diversidad de acuarios. Queriendo ser Proust y una diversidad de yoes.
Nada fluctúa menos que estos grados de signos lacustres. La luz indirecta, la inmensidad del deseo errático. Iba a salir ileso, sólo que otra dimensión de peces rojos en la concentración salina me aportaba el dato que se extingue cuando la fragmentación deja de identificarnos. Mi acuario estaba afuera.
Como un contrato distrófico, la fotosíntesis perdía toda fijación. En la arena coralina se disgregaba el suelo. La disolución de la grava. Las estructuras inconexas del espacio apoyado sobre los pies. Por osmosis.
Después creí que ambos seríamos los acuaristas y la introduje inicialmente al pequeño oleaje, dentro de las cosas mías. Las que podía mostrar y las que no. Las que podían verse y las que no. Todo comportamiento habitual deja de serlo cuando algo nos deshabita. El equilibrio del último pez licuado en las burbujas renovadas del parto radicaliza el estertor. La fatiga del músculo. Queríamos ser también los mismos otros, un coito profundo.
El depredador atávico aún conserva la magnitud de su especie, como un contrato ancestral entre las algas que nos ocultan. A menudo suele suceder que la filtración mengua después del desagüe. Una pérdida encumbrada, los orificios del ceremonial. El miedo.
Un pacto onanista entre mi piel y mi piel. El reflejo del acuario que nunca fui. Nos vemos detrás del cemento. Construidos a la perfección. Ella vuelve en sí, ahora yo soy mi acuario.

abril 25, 2010

Dispersión

"... nunca has visto un robot caminar para atrás, yo tenía otro concepto de vos..."
Luchi Camorra

-¿Me das tu password?
-Tengo el núcleo del techo fuera de la contraseña por sí las maquinas del ruido trazan la línea divisoria entre tu oligofrenia y mi taco aguja.
-Sólo quería incursionar tu lado entrañable, el más acongojado, el cursi.
-No entendiste qué eslabón se ha perdido desde el coincidente momento que pasaste junto al inodoro, vomitando el cuarto creciente, hasta este descenso de traqueas.
-Hace frío afuera y no estaría nada mal dormir con alguien.
-Se piensa en él como un electrón acomplejado bajo la estirpe anoréxica del Nesquik caliente.
-¿Que estás leyendo?
-Física cuántica, una nueva versión del mundo femenino o mecánica ondulatoria del pecho materno como materia, su dualidad onda-partícula. En definitiva tu percepción puede no ser la mía.
-¿Y por qué estás trabajando en una barra sirviendo tragos que seguramente no preparas con la misma intensidad con la que mueves las tetas?
-Pues porque resulta ilógico resolver la ecuación desde la radiación térmica clásica que emana cualquier objeto en equilibrio, en realidad si se suman las frecuencias que los mismos emiten, todo da infinito, hasta el borde del vaso infectado, mamado en situación electromagnética, lo que está sitiado en el cuerpo del sorbete, lo que pasa de la mirada a la boca.
-¿Estás resfriada? Pareciera que tus fosas nasales se precipitan ante la comunión que indica una respuesta, o será que mis preguntas son inapropiadas.
-Nada de lo que la ley de gravitación universal prescinda estaría fuera de mí, si la nariz y su respuesta fuesen menos unívocas y deterministas, la luz siempre entra, quieras o no siempre entra, un momentum por favor, me llama la encargada.
-Si no te hubieses acariciado tanto el pelo tal vez querría que algo se quede en mi, pero es sólo tu segundo nombre lo que me moviliza, ni siquiera el primero, es exactamente el segundo y lamento haberlo averiguado, me recuerda a una ex y este espejo siempre aparece en mi cuando la noche trasciende y algún nombre de mujer me consume como esta química oscura que está del otro lado de la madera gruesa.
-No te entiendo pero igual debo irme.
-No importa tanto si en definitiva apenas soy un cuerpo negro que absorber toda la energía que hay en mí como un objeto ideal que se superpone al mundo obtuso de las manos en estas palancas desbordantes que apenas palpan lo inevitable como resquicio o ponderación del vacío.
-¡Está bueno lo que dices! Aquí te dejo mi número.
-Es que no quisiera confundirte, a mi me gusta tu hermano y no tenía dinero para comprar un trago.

febrero 26, 2010

En la afasia del molde


A poco tiempo de la medianera bajaron las hormigas como mentiras encadenadas y fueron ellas las que se revolcaron sobre nosotros como verdades de tierra húmeda. El hemisferio lesionado de las cartas. Una vez me dijo que nada de los hormigueros podía entenderse tanto como el lenguaje inequívoco de los viajes, una vez me envió un sobre sin destino exacto, sin el signo que remita posibilidades de ser devuelto, sin respuesta. Escatimaba las líneas que pensaba para escribir con lo que estaba seco sobre la losa desfondada.
El absceso lateral de lo que separaba un lado del otro, pero el tiempo era el mismo. A beneficio de la caída hemipléjica subordinado a su manera de decir las cosas, no pude decir que las hormigas ya estaban sobre nosotros, indultando todo elemento motriz que se desgrane del brote.
El desenlace telegráfico de la arbitrariedad de un límite, más que una caricia en el cuello desparramada en la piedra vertebral y su inquietante deseo por buscar la gramática precisa, la más simple. Mientras las hormigas recorrían los cuerpos de la cabeza a los pies y cubrían de espasmos los sexos, penetrándonos.
Nadie debió estar del otro lado, tal vez nadie debió estar de este. Pero era el lugar indicado para que la disgregación pretenda hacernos espaciados. Volvimos a pensar que decir aunque ya no nos veíamos.
Era cuestión de quedarse dormidos entre los abordajes del insecticida y su efecto alterado, sólo que ellas preferían la inmunidad y el traslado sincronizado de los alfabetos maternos.
Sin palabras.
Silbo para evitar el derrumbe, no quiero nombrarla, no quiero aplastarlas. Entre su nombre y sus figuras escuetas y garabateadas está la consignación de una letra que asoma como adelantando el derretimiento del género. Ya no somos singulares ni plurales, combinamos las formas menos limítrofes hasta desembocar en la herida anómica del habla.
Un ataque transitorio isquémico nos preserva del acto de simulación espontánea y la recuperación definitiva. Nos sentimos hormigas esquivando el límite de los cuerpos, queriendo practicar el silencio de los insectos sociales.
Serán otras las formas comunicacionales en el hormiguero y la coincidencia irregular del trueque nos hace únicos en su hábitat. Después llegamos a la cavidad de sus colonias de hembras estériles y fuimos los obreros imprudentes del encomio entre el desarraigo del silencio insociable.
En la relación mimética del ecosistema fuimos buscando la fertilidad de una hembra encumbrada que los convierta a la especie menos locuaz. Sangra la lengua por lo que no dijimos.
En el continente sintáctico del cartero se afecta la curvatura del espacio interior y ya nos sentimos confortables sobre el terciopelo de un hormiguero casual que evoluciona hacia su estado natural. Ella es el mismo sujeto tácito que la única oración de mis buzones modulaba.
Por si acaso, tengo el súbito molde de la conspiración. Tanta proliferación hace también del miedo, este corte.

diciembre 05, 2009

Mi novia me dejó por un mouse

Por Fabricio Simeoni y Fernando Marquinez
(Edición en simultáneo con El equilibrio del disparate)

Mi novia me dejó por un mouse.
Cuando descubrí su irrenunciable devoción por el gran Dios Windows, ya era demasiado tarde. De haberlo sabido antes, no hubiese masticado del último queso, lamiendo la trampera como si en cada erupción labial la lengua se hiciera óxido, como si de la nada surgiera un beso Camembert, la fortaleza de la trampa sin suponer la coalición del encarecimiento virtual del suero raíz. Pero una religión pixelada carga con los males de todo credo y conozco perfectamente a ese ratón insano que sólo cliquea iconos mansos antes de la rebelión. Abriendo y cerrando las incidencias de un link hacia otra Vía Láctea, hacia otra precaución de los espasmos para completar esa insípida cadena de espirales sometidos al capricho de lo desechable. Una comisura atávica provocando secuencias en cadenas, comentarios disparados en medio de dedos que gotean sobre teclados. Y ella movía sus manos rápidamente, por nada del mundo quería quedar fuera del Google. Y respiraba hondo, ante los mensajes de error o cuando descargaba música de manera ilegal. La vista previa se diluía a pocos metros de cristal líquido.
Mi novia me dejó por un mouse.
Y ahora ando dando tumbos, buscando ancestros comunitarios debajo de las pantallas, esperando un diluvio que nos electrocute, revolviendo viejos esqueletos entre la fauna consentida de un slide-show. Vivimos separados por la influencia desavenida de un click derecho. El reposo es la escena, la placidez incauta de los desamores, el rodaje estomacal sin guión ni cuerpos que se desnudan en la intemperie sin resguardarse de la luz que los adormece .
Sobre el nick que decía "el tiempo es tirano, sos un maldito enano" ahora figuran las islas inoportunas de un flagelo meado, yo lo vi en su msn como si todo ese amor hubiese ido a parar a una almohadilla infectada por el diablo. Ella puso ahora la clave de una elocuente tradición "seguí comiendo queso maricón, te dejé por un ratón". Todos lo que sugiere la figura retórica de un no disponible. Recuerdo perfectamente cuando me decía:”la tecnología no existe nene, es un invento para engañar la propia inestabilidad que genera existir”.
Yo también cambié el nick "sos la ilusión que ilumina cada ventrículo de mi vida" por "sos puta". No podemos respirar del mismo néctar, vamos buscando actualizar la barra de herramientas sin que se nos inunde la casa. Ya no la tengo recostada en mi cama con las tetas incrustadas en las aletas del ventilador de techo, ya no pone manteca a en las tostadas cada mañana infértil cuando la sangre se amontona hasta que cae el dulce. No me quiere más, ahora baila en las veredas con la esfinge de un roedor y seguro saldrá despedida al infinito como sometida al riesgo de otra ventana.
Mi novia me dejó por un mouse.
Si al menos los aranceles de esta conversación los pagara Microsoft, porque mi amor no tiene precio y se balancea como un cuerpo usurpado ante la mirada atenta de los bloggers.
La madrugada golpea esta vez como si antes no hubiese madrugadas, ni golpes, ni esta vez. La reclusión perpetua es la mejor bienvenida a estos lares de intervenciones anquilosadas. Vuelven los chicos, salen de otra lectora para terminar evadiendo el final de la noche con la presunta calidez de un alfabeto deslucido y todavía me pregunto cómo será el sexo de un ratón, hacer el amor después de un doble click.
Si hubiese jaqueado su password la historia sería otra, pero nunca me animé.
Apenas si pude volver a hablar con ella un par de veces, la muerte de un amigo en común pareció deparar una excelente ocasión. Pensé que el dolor restablecería nuestra conexión, pero solo obtuve un “qué mal, se murió Tito, vi su entierro por You tube, no se puede creer, tenía una banda ancha que era un rayo de luz, ayer mismo estuvo posteando en su facebook.” En nuestro segundo encuentro, vía chat, porque ella ya no toleraba mi presencia, susurró fríamente su nuevo leit motiv: ”lo virtual se asemeja a la melaza, sí, la miel es una cosa que ya no recordamos, porque quedó en otro hardware” y al mínimo intento de desviarla del tema soltaba un lacónico: “pienso en probar un nuevo antivirus, pronto el mundo será irrespirable sin escafandras”.
Mi novia me dejó por un mouse.
Una horma fatua espera que la reinicie, los emoticones proveen una última maniática brazada en las alcantarillas de los monitores. No tengo una mísera clave de acceso pero aún así, nada ni nadie podrá detenerme
Cuando elimine la última foto alojada en la web seré liberado de todo los vestigios y ella tan solo interpretará un papel secundario en la papelera de reciclaje.
Mi novia me dejó por un mouse.
Llueven cables sobre los techos, pero no me sirven. Yo sólo busco una amnesia inalámbrica, algo que borre de una vez por todas los archivos temporales de esa pasión que se agotó.

agosto 23, 2009

Teratismo

Siempre dependimos de los avatares científicos aunque no siempre supimos como armarnos después de desarmarnos. Una malformación no excede ni reniega contra las aberturas auxiliares del cuerpo aunque lograra ocasionar la pérdida de la identidad. Esto lo presiente Eusebio en su afán por conocerse. Ni lo congénito ni lo ambiental podrán detener su búsqueda.
El desarrollo no entendió los modelos ni los estereotipos asfixiados del formato disímil, fecundado a orillas de un río de esperma. Eusebio nació con un ano en el rostro, pudo utilizarlo por cara o como ésta. Su crecimiento lo depositó en la disyuntiva ocasional de verse reflejado en la cara del otro, la de los demás. Sin ser juzgado ni considerado un objeto de estudio.
Abrió la boca acomodando sus labios como aureolas inasibles cada vez que quiso manifestarse en contra o a favor de la autoridad paterna, eclesiástica o política. Todo sesgo de resistencia fue en él parte de un bullicio escabroso que suponía la incongruencia del discurso en los desfasajes orales de todo hablante. No todo lo que se escucha afuera es mejor de lo que se tiene para decir adentro.
Assface ha disfrutado de cada bocado como si estuviera incluido en la receta del mismo, siempre se ocupó de los espacios de la gastronomía como un auténtico erudito. El extremo terminal digestivo pudo también diferenciar el hedonismo hediondo alejado de las narices frías y el verdadero olor, el que supone la composición química de un plato con fisonomía oriental. Tampoco estuvo ausente la posibilidad de cepillarse los dientes aunque en este caso la utilización de un buen jabón de tocador que supiera hacer las veces de dentífrico era propicia para una higiene adecuada.
El hombre con cara de cola pudo insertarse laboralmente llevando a cabo una vida absolutamente normal, al margen de las vicisitudes que infieren las deformidades. Todo había comenzado cuando sin contrato era apenas un operario de una empresa que fabricaba supositorios. Después ascendió de categoría haciendo control de calidad hasta que las buenas noticias llegaban sin interrupciones a la vida de Eusebio y desde ese momento hasta esta flatulencia, es el gerente general de la misma empresa y la venta de supositorios ha aumentado en los últimos diez años un 300%.
Ninguna cara posible dentro de una sociedad que mama del esfínter menos casual ha sabido dominar tanto la pose. Un síntoma caricaturesco deviene del descuido facial. Eusebio coordinó cada movimiento de su cola con forma de cara con gimnasia austera y supo mantener intactos sus cachetes aglutinados o glúteos inflados, no vaciló en llorar de más aunque se le hincharan los ojos, no titubeo en morder con firmeza lo que ingresaba desinteresadamente aunque se amedrentaran las encías ni consideró inapropiado exhalar cada resto de oración canónica aunque sangre la nariz. Eusebio concilió las pretensiones del cóccix con las bifurcaciones en la frente, los desenlaces irresolutos del periné con los motines del esófago y las vanidades de cada nalga con las obsoletas arremetidas de los pómulos.
Nuestro hombreano logró conquistar la ignominia de una boca ajena, pudo besar con entereza las debilidades de una lengua cándida como alarmando las estructuras impuestas por el boca en boca. Hoy disfruta del amor anticientífico del sexo enquistado en un cuerpo normal, sin los recibos del cosmos ni los homenajes de un dios sin manos.
Eusebio espera un hijo y no le teme a la muerte, sabe que su cara no es una cara cualquiera, su cara no es una cara más. Su cara tiene cola de mujer.

junio 17, 2009

Después de la cura

Cuando lo planeó por primera vez, no era como si lo hubiese planeado antes. El acto informaba la excentricidad de un arrebato, era como si mereciera la absolución de lo discontinuo o al menos la unívoca dirección de lo que va y no vuelve. No es que la tregua estuviese desperdigada en la imposibilidad del desvelo, sino que el despliegue de sus ojos en él, la convencían de lo incipiente que todo conato presagia para ser designio. Movía el cuerpo casi imperceptible escribiendo la misma línea horizontal de los epitafios de los otros cuerpos pero en distintas verticalidades. Como si fuese el mismo pero en la diferencia, como si fuese diferente en sí mismo. Ella lo sabía en cada inscripción, en cada letra tatuada, en los alfabetos retraídos de "a night like this". Un responso del manjar, su postergación.
Al alejamiento de ciertas cosas lo determina el acercamiento a otras, un estudio ortodoxo de minúsculas caídas por las escaleras antes bajadas antes subidas, todo lo que se deshace cuando ya lo había deshecho antes. Como un beso prematuro, unos bermudas de lino miedoso a la arruga que construye piernas detrás de las manos. Ella mide la hora con la misma exactitud que él mide la espera. Las otras noches van despacio queriéndose guarecer de lo que obstruye el paso al día, un limite infrecuente de luces descoloridas y cansadas del tono agrio, del desvelo posible, de sus ojos ciertos que nunca escriben.
El perfil no se dejaba entrever acumulando protuberancias del lado derecho, hacia donde la inclinación se acentúa. El héroe de ella es preciso y ajado, se conserva como deslizando espaldas silvestres, vírgenes, huachas.
Esta noche es como una que vivió dormida acurrucada en la pose más fetal que aún la contiene. Lo arma y lo desarma desflecando sus partes más procesadas y menos apreciables por lo que antes veía mordiendo el bisturí, la patología singular que tuerce el eje del centro.
Una pierna cruzada detrás del horizonte estatuario reverberando el punteo interruptor del último sentido comunicativo que tenían las peceras con peces muertos flotadores de mentiras en dicha cercanía. Y ella se iba acercando despacio, eligiendo cada pauta que imponían sus movimientos. Esperando que él también se acerque.
El plan era viable, ni el a ni el b, sólo lo que intuyen las refracciones de lo pecuniario cuando termina la luz del foco emperador. Él iba a buscarla, ella iba a llamarlo un martes, él iba a cotejarla, ella iba a erguir su cabeza, ella iba a sugerir las mismas cosas que se sugieren cuando el tajo se agudiza despejando la infección que se somete a la sangre inamovible, él no iba a aceptar la tregua por más que los desvíos arancelen la corrección del tiempo.
Ella le dio un abrigo, hacía frío en los pasillos del patio. Le susurró algo al oído como queriendo desterrar del lugar, las miradas ajenas e influyentes. No aceptó las interjecciones del vino derramado sobre el mentón. Incluyó en su lista el alejamiento de la última pieza, determinista, festiva, inusual.
Las vértebras de esta noche fueron celebrándose quebradas en la madeja de las manos abiertas, creadoras del trono ilusorio entre los tres escalones que nadie ha subido aún y las dos semanas que le pidió.

abril 19, 2009

Diafanidad de los yuyales

Cuando la vi por primera vez, no era como si la hubiese visto antes. El acto formaba parte de un solipsismo, algo único que irrepetible suponía cierta reciprocidad o al menos continuación. No es que el epígono estuviese encapsulado en su mirada o en la posibilidad de que me viese. Sino que estaba estipulado en la opción de volver a verla.
Se sacudía el pelo como ardiendo el aire que dejaba entrar en el espacio firme que había entre la raíz de todo lo que me pudo mostrar de su acuerdo cabelludo del cuero y el desarraigo de lo que ocultaba.
Esos cabellos pertenecían a la estirpe más sedosa del pez sin escamas, la prohibición del mar a su veneno inflamado, la respiración del mundo en cada pecado cometido por la trenza o un pecado ulterior que además de ser mortal acomete contra la venialidad. Esos peinados portales que nos devuelven la inhalación.
Pero no me miraba, sólo era una especie de ilusión óptica, mi intención porque lo hiciese. Yo quería ver que me viese. Aunque sólo yo lo hacía. Pensé que lo que se ve es mirado aunque lo que mira no necesariamente ve, ella era mirada pero no me veía. Volví a pestañar.
Y ya eran más los detalles visibles. Como el caño que sostenía su humanidad, tangible para los ojos pero insurrecto para el tacto verosímil de las manos. La irrealidad era lo que no veía, y no justamente porque no me lo mostrara.
La posición que alquilan sus piernas al moderado aniquilar del viento, la predestinaban a moverse un poco después del cruce, como encerrada en el mismo espacio del péndulo ausente, estaba en canasta. Como diciendo las mismas cosas que yo pero en el silencio del patio dispuesto a la congregación del cuerpo, el mismo cuerpo que veía sin mirar. Su cuerpo, no el mío. Su mirada, no la mía.
Me acerqué lo suficiente para apreciar como un instante podría ser otro instante, o el mismo pero ciego. La imaginaba correr despacio, suspendida en la gravedad de los yuyales vivos, danzando en la suspensión del suelo con un movimiento exhaustivo de muñecas, lo esférico y lo ingrávido del agua sin que alguien hubiera descubierto antes las peceras que no sea yo y su mirada.
Creo que no esperaba nada más. Juntaba los indicios necesarios para que algo se convierta en invisible y que hasta el momento no había visto, como si lo no visto fuese invisible en el mismo momento que uno no lo ve o después, los juntaba y me los mostraba sin querer mostrarlos porque en ese momento yo era invisible, como si lo invisible no fuese mostrable en el antecedente menos indicado de lo que existe o ahora. Ella no me mostraba.
Subió los tres escalones que separaban los dos pisos, el de arriba y el de abajo, el de mi mirada y el de la suya. Se acercó a todo lo que puede acercarse la boca. Buscó un abrigo detrás de la pared pintada con minerales de drupa. Encendió el filtro que hace burbujear el vidrio delante del vidrio y con las mismas manos que acaricio las piedras mustias, inauguró una estampa en la porcelana de un pocillo sin borra después de la adivinación en esta mímica ocular.
Sus ojos me habían adivinado.

marzo 03, 2009

Entre la piel y la vigilia

Seremos un benteveo carenciado, pobre, que no pueda comprarse ni un elemento telúrico, ni un complemento que le permita apoyarse en tierra firme, que no pueda rascarse la espalda, que vuelva después de cada concierto en las arboledas marchitas y se suspenda sólo en el aire de la nulidad pero que deteste el suelo, que no quiera pisarlo ni una vez, seremos también lo que su silencio nos deja a la mañana cuando las sábanas deben ser cambiadas, nos dormiremos en una cucheta, yo abajo vos arriba y cuando nadie nos vea vos bajarás hasta la espina y deberás izarla como en la escuela cuando tomábamos chocolate con churros y no queríamos que nos elijan para ser parte de un mástil infectado de verano tísico y quedar avasallados a la bandera que agonizaba en otro aire, no en el mismo que el benteveo se componía de a ratos. Haremos un periplo por la ruda desplantada del baldío y serás ese guía turístico antes de embadurnamos con el hedor hasta la olla grande de agua tibia para el tuco del domingo. Visitaremos las cápsulas perimetrales del transbordador que viaje al planeta dentado, triturador de toda posibilidad vital, y el espacio será de los otros, nada habitable será nuestro. Nada que merezca la ocupación de un lugar, seremos lo inhabitable, lo que no se puede conquistar.
Caminaremos/as por las esquirlas del río cuando el oleaje golpea de tanto kayak que pasa y no salpica, hasta internarse en las rampas que nos llevan a la humedad de la arena maciza y tomaremos gaseosa a la espera de un fernet en la pista rave de enfrente, seremos ojos, yo los suyos ella los míos, se mirarán entre los dardos buscados de los músculos, seremos pies con plantillas especiales, para la planicie envejecida pero caminaremos/as.
Volveremos despacio a casa contentos por la frase cursi bajo la luna y guardaremos todos los besos en redes de pescadores para que conserven algunas calorías de mordeduras, seremos lomas de burro atravesadas por las ruedas derechas del labio superior, en el pavimento del paladar. Dejaremos abierto el mismo libro de Houellebecq en la página 269 para que la isla sea una imposibilidad, nadaremos, nada haremos entonces por la ecología de nuestro sexo, invadido. Despejaremos la incandescencia de los moteles de las calles adoquinadas y cortas para atraer definitivamente cada hueco, la reclusión perpetua del miedo, cada distracción, cada influjo de nuestro brillo.
Iremos de picnic a los confines de la insurrección de un paisaje precario, envuelto en sofocaciones de manteles cuadriculados y canastos de mimbre repletos de migas y recipientes plásticos y las cartas que nos leeremos después de sentir las manos, conversaremos apenas con el hombre de la garita de seguridad. Los detractores ingieren la precariedad que es parte del alma del pasto que se vale de nuestras marcas para incorporarse.
Nos desarmaremos como chatarra de remises, incluso en la continuidad del cuerpo de las marionetas para armarnos simples, con los invertebrados y la dosis necesaria de maicena, nos inclinaremos hacia la postura más voraz de un crol y que se toquen los hombros, una intersección de huesos, la mimetización del cuello a los efectos tardíos del occiso. Nos desearemos.

enero 11, 2009

Postura jirafa


a Jani

El simposio elude las formas establecidas de la respiración, sólo por ella se consume el oxigeno y nada se extingue. Todo se reaviva erguido en la insinuación distante de los ágapes. Nos escenificamos como carbones detrás del fuego puro, vacilante a la ignición que tanto supo protegernos detrás de escena. Cuando todo es adelante el cuello se vuelve zanco, como indómito, erradicando toda orden insular del cerebro muerto. Un hemisferio siniestro. Colmado la esfinge vacía el porte antes que un estado de indeterminismo vascular llene de cuerpos el vacío. ¿Cuándo se estremece la sangre compungida de la catarata? ¿Donde calma la presión del líquido, o contra que roca perece? En la sinopsis de nuestro sexo deambula la hediondez de una circunvalación hecha con manos, las de atrás, otras manos del sexo. Del mismo sexo.
La discontinua secreción del río virgen que suele inmiscuirse en todas las gotas, amable, siente el mismo deseo por cambiar el agua, por cambiarse, pero el agua muta solo en el agua y por el agua. La hipérbole superficial de lo penetrable deja de lado el ritual de sabuesos desconocidos que no soportan ninguna ausencia ni festival. El armónico acontece para alejarse después del adagio que fuimos esta tarde dentro de la habitación oscura. La permanencia ridiculiza los cauces de la persiana como llegando al mismo delta que ahora busca otro río en la mismo agua .Ser cangrejo, ser grillo, ser el claustro que desemboca y se metamorfosea como un libre albedrío alquilado en el borde de lo casual de cada reja. Estamos a punto de devenir en retazos de exactitudes. Estamos a punto de ser otra cosa. Un zoológico de faunos, profecías amotinadas insurrectas, testamentos apócrifos, un epitafio circular que eleva la transición del arquetipo y la consagra a ciertas orgías de cuellos.
Un atisbo de relajación, el reposo de todo lo que queda en los rincones. La cronología es de occidente, una imposición de la propia linealidad. Somos porque el descanso nos determina, porque la saliva nos segrega y también nos mancha, sólo un rato, pero nos mancha.
Pleistoceno de grana ausente, sacrificada a la epifanía del tiempo medular. Como una evolución de suntuosos desacordes. Limpiar la lisonja como enajenando la plusvalía de los sanatorios. Lo terminal también sana.
Yo solía trepar los tapiales para verla desnuda expuesta al sol y lo que buscaba era sólo mirarla nunca había pensado ni siquiera pasarle el protector solar por la espalda, nunca había esperado que se dé vuelta y exponga las partes más pudorosas al desafío de la luz, nunca soporte tanto un silencio porque nunca supuse iba a decirme algo. Yo tiraba siempre la misma pelota del otro lado sólo para tener la posibilidad de trepar, cruzarme, mirarla y pedir su devolución. Pero esa tarde coincidía exactamente con un solsticio intrépido que retardaba la aparición cromática del movimiento y no me quedaba otra que anhelar un deceso violento. Pero ella dijo entonces todo eso que había guardado, dijo las cosas y sus oscilaciones, las imposturas y los ceremoniales serviles, dijo el idioma de las paredes, de los otros sugestivos modelos de la cabeza, dijo que quería ser como ella.

noviembre 07, 2008

Parapáramos

La prohibición se suspende a pesar de la gravedad en los cerramientos y se anuncia cada artículo como si fueran pensamientos inconstitucionales. Caen respectivamente las simas.
En la ausencia de la máscara yo soy más que las afasias del molde, la insania en la resurrección del gesto y su rostro.
Un collar discontinuo de descuento en la regresión del niño hacia abajo, el humedal de las macetas del barro cocido a temperatura inconstante ya se asemejan al propio decaimiento, no respectivo de las cimas.
Asterisco treinta y uno numeral, el número menos público. Lo que nunca figuró en guía. Volverá a casa después, los influjos de un recorrido establecido hasta la isla inventada, los intentos de una isla. Volverá a casa después y abrirá la puerta con premura por sí del lado de adentro algo resalta en las ruedas, el tajo que hace desangrar la hoja. Volverá a casa después.
Este sitio sin árboles es más estacional que la aorta madre del descontento, un corto a punto, llueve en todas las venas. La única sequedad posible está en la yugular, aunque hiberne la piel y el positivo este lejos del negativo. Algo nos quema al revés, este sitio sin árboles.
El volumen se proporciona como fauna iliaca, flora femoral, la crónica obstrucción del rayo ultravioleta, un desagüe disipado. Así traté de construir mi propio terrario antes que la madrugada nos clave la rama terminal. La fosa se precisa entre añicos de vidrio cavado y nuestro ecosistema de faunos.
Los invertebrados excluidos de siempre, sosteniendo la relajación, el tiempo al tiempo de un desierto fisiológico. Éramos unos relojes de arena sacudida por la intensidad del remolino y nunca pasábamos donde nos esperaba el vacío, en la presencia del rostro ella es más que las prosadias de la lengua, la sanidad en la finitud de la impostura y mi máscara.
Extrañamos la raíz del pino huérfano que tocaba la persiana del segundo piso mientras mirábamos desde la terraza sorprendidos si algo de él iba a meterse también en casa como volviendo de la vegetación frondosa de un jardín molecular a las habitaciones desnutridas, no sabíamos si su inclinación era un deseo o simplemente lo incitaba cada hendija a desprenderse del tronco y entrar.
Un vecindario de marionetas comprometidas con la reclusión del movimiento, movimiento que deja de serlo cuando se somete al estricto régimen ancestral de la clorofila, su dieta balanceada.
Por las hendiduras de las cosas mínimas que quedaron presentes se escabulle la salvedad de los orificios, un elfo desconsiderado que pregona todo tipo de ingreso sin suponer la importancia del regreso.
Sobrevivirán esas presencias, impregnadas en ambos hemisferios antes que una palabra inaudita. Vinimos por la tierra que manchó el parquet cuando los estruendos movían las paredes que dejamos huecas por sí un día de estos se llena el cuerpo de termómetros y se canoniza su recalentamiento global.

septiembre 16, 2008

Efecto boomerang


Ella siempre venía y se iba y ese ida y vuelta me hacía recordar a la ondulación de las cortinas como una protección benigna a los influjos de la luz, dejando embelesados los ojos de quienes miraban sin pretextos la intemperie. Una cortina que se abría y cerraba según mi artesanía lujuriosa para moverla, era como un pecado capital segregado, o por qué no, convertido en sacramento. Tantas veces he querido mover la cortina como tantas veces quise que vuelva.
La comparación no supone sólo el riesgo de quedar atrapado en la pertinacia del retorno, sino también la conciliación usual de los tiempos y sus pluralidades en la amnistía del instante.
¿Qué embellece más que lo que no se soporta? ¿Qué se soporta más que un grito en el medio de la función?
Y uno no sabía que parte era de la intemperie y que parte de ella misma, de lo que sí estaba seguro, era de que atrás de las cortinas pasaban cosas, pasaban y se iban, se iban y volvían. Como el viento sur de las madrugadas en veranos donde la sofocación molestaba a mi madre, le coartaba el sueño, su cataforesis del desvínculo. Los bordes del afán se supeditaban a los ojos ajenos, las bajas del destino onírico. Cierta devolución innecesaria con lo verosímil. Pensé que lo que cubría el sueño también podría cubrir las puertas. Aunque sólo cubrirlas, no privarlas de ser abiertas.
De las bisagras nunca enumeradas surgía el otro movimiento, aquel del que nunca habíamos hablado. Del movimiento siempre anunciado surgían las otras bisagras, aquellas de las que nunca habíamos querido hablar. Entre lo que no hablábamos y lo que no queríamos hablar se gestaba la posibilidad de la entrada, el olvido siempre fue una negación.
Así fue como un día abrió un sueño, detrás de las cortinas, fabricadas con telas de ojos esponjados y se durmió como anclada en la luz que le solía quedar a cada tarde. Yo me había orinado en los pantalones fabricados con telas de bocas húmedas y no comprendí el sentido direccional de la salida.
El hábito de la perpetuidad, erguida desde el marco. La espera era inusitada porque las arandelas sostenían la figura de la propia liturgia, toda oscilación se producía desde el silencio, la conmutación del suelo con la cercanía insular de la viga al techo.
El ámbito de la perspectiva, superponiendo espalda con espalda. La reacción era la única respuesta favorable que la inercia tenía a los efectos sobrenaturales del hueco inabordable.
Pero cuando volvía, todo parecía intacto, aparecía corrida, tan desubicada de la capital pecaminosa que ni el miedo a la oscuridad acababa su sombra.
Su ropa favorita olía a piel de cortinas, sus marcas sudaban rincón de cortinas, su abrazo se envolvía en el cuerpo de las cortinas. La noche que se acostó conmigo nos tapamos con una cortina, aunque yo soñé con ella.

agosto 10, 2008

De la mutación a la estática


"... soy aire en tu mirar, soy parte sin fragmentar, soy cosas que no soy en violetas gris y azul..."
Lisandro Aristimuño

Fuimos cambiando la forma de vernos incrustados en las grietas que dejan los patios de la casa chorizo, por donde se filtran las recetas de las fotos viejas y caen cuando explotan, trituradas, convertidas en gitanas adivinando futuros certeros de cuerpos visibles, que azotan la impostura del pie apoyado al suelo, practican telequinesis y acarician el manuscrito apócrifo del desplante como adelantando la espera de las butacas en los cines después de la escena bizarra de la mujer miedosa, la que teme por todos y cada uno de los espectadores mafiosos, lo que se adelanta desde la otra escena, la que está detrás de la escena nuestra, la primera, pensando tal vez en Dios o los caudalosos infortunios de las manos pegadas al sexo, levitando la única opción de la oscuridad, muertos de sorbos y pesebres, absueltos de la recreación en las tardecitas de pasillos cuando nadie viene a visitarme y me muevo, me atañe la fiebre paritaria en la puridad de los hospedajes sueltos aunque siga asustándolos el río o el mismo baño suspensivo, la misma agua visitada y se detiene, absuelta, sintetizada, socia del cráter que dejaron los cerramientos de las manos contra las tablas, ella duerme sobre el hombro izquierdo y ya no le importan los créditos porque conoce el desenlace sus acordes el placebo sus desvelos el turquesa sus azules por donde pasan otras imágenes rayadas entre las ninfas violentas que reverberan achicando estirpes, cuellos y retenes pero el coco se desprenderá del mismo jugo que lo acecha por ser coco y no jugo fuimos formando el cambio de cegueras desmontadas en la saciedad que dejan los cuartos de motel, las momias del paisaje no encuentran la combinación que las redima del vendaje magro en la ocasión que se suscitan los moldes de la motilidad los gradientes del esperma un músculo ocasional que estimula la reacción sucinta en las gradas de los hombres deshabitados se realzan los constelados una ventana igual al autorretrato de otro cuando era chico de mi grande, como estar pendientes de la luz sin que acuerde la visibilidad del fantasma con la crónica carnal, un sincretismo de paraguas y lluvia pronosticada a media estación engreída, sucia mal venida la única mujer de la sala vislumbra la trama y prosigue... ahora es parte de la mutilación de un eclipse desmadra la cisura del polo coacciona con las direcciones falsas inventa un final y zurce los bordes de la pantalla la costura del pantalón arriba, un cierre en el pecho del miedo cercano pero quedarán los negativos que no pudimos diferir del resto, de nosotros por sí tardan de concluirse ambas historias algunas nomenclaturas lo inefable ya es demasiado vieja la coralidad del thriller y nos quedará abierta la costra en la espalda torcida, algo ladeada hacia el costado metalúrgico derecho hasta que se revela la incógnita: fuimos lo que no se movía en la razón del movimiento, somos un plano desunido del primer adelanto de la estática antes de la canonización de este aposento.

julio 12, 2008

Mamabolsa

Siempre supuse que mi madre había sido bolsa en una vida anterior, como queriendo resguardar el destino en cada cosa. Preservar el accidente de cada objeto, por inercia natural. El karma de la envoltura, insiste el polietileno. Lo que se queda en la espalda del nylon. Ella podrá burlar culpas entre la transparencia.
Como abierta a los pasos apostolados del nirvana. Solía embolsarse, meterse en las protuberancias asfixiantes de una escarcela, y así cubría todos los objetos de la casa con estos elementos propicios, el control remoto, la computadora, el micrófono, todo iba siendo reembolsado, así preservaba el televisor, la mesa de luz, el inodoro, la heladera y el ventilador del techo.
Un día decidió embolsar a toda la familia sin cotización, sin habitáculos de tornos de molares cabizbajos. Ella también se introdujo en una bolsa de consorcio. Y era regresar, volver atrás. Reencontrar la acción pretérita. Supuse también que estaba cómoda en esa vida, siendo bolsa.
Las asas saben del riesgo que asume cierto inquilino desprotegido, el plástico poli cromático infértil ante su maternidad. Así nos escapábamos del agua. Descuidados del polvillo que interviene impávido en el pensamiento. Ser bolsas puede resultar más atractivo que ser humanos. La reminiscencia en boga. El mismo andarivel para todos los concursantes. El mismo divertimento para mi madre, que expuesta a la sin razón de la boca, todo lo arropa, todo lo escolta. Un punto fijo atrapa figuras recicladas en la porción exacta de infinitud.
La escarcha reciclada, nuestra basura y todo año nuevo fingido en la bolsa de hielo muerto en los confines del patio. Yo también sentí la traición cuando se rompió la placenta que presagiaba mi origen, mi secreción, la mano que toca realidades imposibles, fuera de la bolsa.
Tantos recaudos nos protegen del miedo sistémico bajo la orilla del celofán, para no respirar, castigar las premoniciones oraculares, andar acurrucados.
Cuando lluevan bolsas, nos habremos desvencijado tanto, que la piel tendrá sabor a claustro.
Así fuimos por la vida, queriendo más, pidiendo más, preguntando cuántas bolsas necesita uno para subsistir, erradicando el avasallamiento de los espacios abiertos sobre la deformación del rostro.
Ella se extingue con ellas. Seducida en parte por su elasticidad, castigadas en parte por su desalojo. Mamá y las bolsas son la misma cosa. Difieren sólo en la luz que pueda adoctrinar desde el techo su hábitat. Luz que queda en los bordes con marcas de uñas gastadas.
El mejor pecado de la vacuidad, sentirse repleto ante la nada. También las bolsas gestaran los hijos ventriculares del devenir, para inundar de aire los subtes con basura invertebrada.

junio 04, 2008

No todo es humo


También se disipa la forma del lunar que tenía en su espalda, como dándole forma a la siderurgia de la piel, el borde de los breteles, la suma del ángulo recto con el llano. Sé perfectamente que no había marcas. Aunque el perfil era un tanto asustadizo cuando se acercó, no era la primera vez que me veía, pero tal vez consideraba estar reconociéndome.
Como mis ojos, algo se extravía en la mirada sumergida del sorbete, la espuma sobre el vaso. Se vuelve a expandir todo sobre la espalda, de frente al miedo. Secuestrando los minutos de la espera, una última espera. Los últimos minutos. Hacía un tiempo que estaba sentado. No entendía si las sombras pertenecían a un hombre con el mismo apellido. Aunque la apariencia era menos frecuente de lo que acontece entre los ojos hidrantes, no era la primera vez que la veía, pero tal vez consideraba estar reconociéndola.
Y subimos como envolviéndonos en la niebla que no era niebla, alistándonos a los prejuicios del cuerpo que no era cuerpo, a las calamidades de la calle humectada que no era más que una figura consecuente de carteles de teléfonos celulares apagados, no éramos más que la imposibilidad que algo tiene cuando se mueve, la posibilidad de la estática. Ella me puso el pulóver, intentaría reproducir fielmente todo lo que se dijo después, de no ser por la mirada, la misma que había surgido desde su espalda aunque sin la escena temerosa del lente sucio y la inmigración de una palabra mal pronunciada. Yo sentía que era mía esa fotografía.
Y bajó segregando el pulso repercutido en las paredes laterales del cuello, el sostén de la cabeza sobre los pliegos. Una ecuación de minerales. Sin reparos. La primera caverna ciega, donde si quisiera las sombras del relevo podrían apagarnos. La visibilidad se reduce ahora, la toxicidad del boulevard se calma, como la sed, en las brigadistas orfebrerías del tacto.
No importaba la genealogía de ese universo conciliatorio, los despojos del hollín malversando la luz y su vientre cercado por los efectos aborígenes de un grito contenido. Venían los moldes del recinto, las cosas guardadas del otro lado incontenibles y vigentes. Los lados del beso prolongado. Había un respirar ausente que constituía la lluvia como única sofocación, los esquemas alternativos. Sin embargo, nada me hacía pensar que el cansancio era evidente. Quise arrojarme a la esfera difuminada, la más perfecta de todas las esferas. La noche se convertía entonces en el mejor de los encuentros geométricos.
El acero quirúrgico, un imán en la muñeca, los trenes de la conformidad. Trepando a las cenizas del sol, el ánfora dispuesto y los mismos males que Pandora expande. No sabemos muy bien cuáles son las cosas que quedan pero las registramos como hipótesis incontrastables. El enunciado no resiste análisis, somos de las mismas propiedades que las cosas tienen, hechos a sus imágenes y semejanzas. El calibre de la masa de agua no tiene concepción, impacta sin transmigrar la médula.
Aún veo el incendio como formando aureolas en los resquicios de los pastizales, la veo emerger del fuego, adiestrando la intensidad del viento norte, cambiando definitivamente su dirección. ¿Qué nos salpica después del diluvio? ¿Qué nos devuelve el aire? ¿Qué parece más que el ardor cuando los embrujos que deseamos para extinguirnos nos vuelven a encender? En los pertinentes microbios del desaire, no todo es humo.

abril 23, 2008

Napolitana con fritas



a Jani

Una parte del agua ostenta su estampa, la otra se precipitará en forma de cornalitos. Ella es todas las cosas y todas las cosas son ella. La marea en la desembocadura, el impacto de la ola ante la flagrante recepción de la orilla que siempre esperó por más erosión de la debida, caminan cerca, para no perderse en la arena.
Su animismo persiste, el diluvio cesa. Río es tiesura, capullo de profundidad, óleo de anfetas. También pudimos decrecer como el último cuarto menguante, hasta ser la sombra de la sombra. Lo que no se ve, no brilla. Ni el reflejo prolongado de una penetración lunar sobre el remanso. Cierta intuición fálica de indolencia, la fatal asonada de la costa al lado del puente.
La ausencia de estadía como propiedad no establece la concupiscencia, una mirada pecaminosa es más omnipresente.
Ella brilla en todas las cosas y todas las cosas brillan en ella.
Ahora pienso en la noche que un pescador sacó su caña castigada por la oscilación de una raya cargada de veneno y la expuso al aire, esa parte del principio o el principio en sí, hasta alinearla. Me preguntó si quería comerla en milanesa. Nada me hacía suponer que la parte que le sigue tocando a cada líquido no puede respirarse, la pesca intuye siempre algo más grande.
La liturgia desencadena una rampa al mejor lugar. Las baldosas flojas en el camino de vuelta indican la prepotencia de la tierra quebrada, queriendo salir. Tantos atributos al oeste planteando la distancia de un acrílico y la excéntrica armonía de los alfabetos. En algún momento se dirá algo importante.
En la barranca anoréxica se desperdigan las próximas palabras de exhalación mutua, todavía no hablamos de las lanchas.
El delfín artesanal está pegado al cuello, sudamos igual, queriendo ser cuarto creciente y recuperar la luz de otros. El olor a aceite usado sabe dónde vamos después.
La condensación se enloquece por la intermitencia, así van surgiendo las nuevas luces, corren por los cables tensionados, la empresa violeta de sus ojos y se estacionan entre los recodos de las columnas de concreto. Tal vez el verde pueda combinarse con la pretérita insinuación de los montículos. La rarefacción se aplaca por la intermitencia, así irán surgiendo las nuevas luces.
Ahora pienso en la noche que ella sacó su boca agasajada por el estancamiento de una raya descargada de veneno y la expuso al agua, esa parte del principio o el principio en sí, hasta desalinearla. Me preguntó si quería besarla. Nada me hacía suponer que la parte que le sigue tocando a cada partícula de oxígeno no puede ahogarse, un beso intuye siempre algo más grande.



marzo 03, 2008

Delay


“…cuando uno está satisfecho desea la muerte como algo final, porque sabe que después no hay nada interesante. Entonces podría decirse que, vivo dentro de una sensación desde que chocamos…”
Ivana Simeoni

El nene recibe las coordenadas como en cuenta gotas, recorre un callejón con paredes de concreto pintadas con aerosol, ella está sentada en una reposera, lo está viendo superponer esferas de trapo con los toboganes que surgieron en la última anécdota de campamento. Quería llegar a la última casa, la de tejas blancas. No le importaba cuanto camino debía recorrer ni donde estaba la salida. Una mujer con anteojos grandes lo esperaba, caminando de a ratos la intersección de una galería y el entrepiso predecesor de baldosas acomodadas en el desgaste.
Los vecinos de los callejones suelen tener pies planos, el desnivel de las veredas y una calle de piedras sueltas los forman. El nene trepa la enredadera de la última casa en el final de todo universo de callejones y percibe, percibe el olor a pan tostado. El resto de las cosas llegan tarde.
Cuando era aún más chico un diagnóstico confabuló a favor de su apéndice, nada servía tanto al cuerpo como esas enredaderas del estómago. Los médicos nunca supieron porque los ruidos que generaba el interior de su cuerpo fueron tan estruendosos. Hoy una válvula silenciadora se incrusta en el hígado como si un engranaje perfecto sólo pudiese moverse con la tuerca que lo contiene.
Los suplicios antes de dormirse siempre fueron merecedores de otro cuento de ratones ahogados en la misma olla que comían los gatos. Después conciliaba el sueño contando ovejas al son del segundero.
El sueño más recurrente se sostenía en la fluorescencia de una trenza gigante que lo enredaba hasta quitarle definitivamente el aire. El sobresalto devenía una y otra vez. Un acto fallido, la búsqueda asociada a los finales de los callejones. El nene presumía en un sueño que había otros en él que cuando perezcan, todos los sueños del mundo serán develados.
Su etapa edípica rara vez había fomentado en alguien una sublevación tan importante, el falo de toda enredadera era el origen traumático de determinadas conductas, ni siquiera la terapia ordenada pudo apoyarse en la posibilidad superadora de llegar a la pubertad sin orinar la cama.
Por las presumibles situaciones de la sensación infiere un palito de helado, las cosas que llegan después siempre son cosas buenas. Los juegos, las máscaras, las tortas de arena, las celebridades desmerecidas, los muñecos articulados, las reglas y el reverberar de un trompo arrojado contra la cicatriz en la frente.
El nene vuelve protegido por las costuras, la afinación y el esmero de una cuerda vocal sostenida apenas por la voz ruborizada. Caminar sin la vibración exasperada hacia la salida real, que en definitiva también fue la entrada.
Ella aún está sentada, con la mirada suspendida en el mismo punto del mismo plano de la misma trenza. Ahora es él quien la mira. Por primera vez comprende que toda vuelta tiene algo del mismo molde del mismo universo de la misma enredadera.


Fotos por Fernando Marquinez