julio 20, 2010

Corolario de un ecosistema


Yo fui su acuario, no pensaba en el agua salobre. Quería verla adentro, como un inquilino subacuático, maltratado. Esta sustitución del vidrio por lo que no nombramos. Una esquirla de la misma sangre. La pecera depurada. Y nos torturábamos mirándonos.
Un reactor insuficiente, las cosas que nos controlan y las que nos mantienen atérmicos. Eso explotaba alguna vez, como todo lo que se mantenía inmune.
Su edificio del agua me excluía de alguna manera, dejándome adentro. Ella se alojaba afuera. Mordía el borde del plástico hundiendo los ojos en la transparencia. Eran las hidras que conservaba el arrecife. Un pez decorativo.
-Lee en francés toda la noche, me decía con tono anfibio, como si un acuario poligloto debiera ser el único aditamento necesario para calmar la tierra mojada, su sed aérea. Y yo recitaba entonces algunos párrafos cansados de Proust. Olvidaba el punto que acomete entre su final y lo que nombramos.
Siempre pretendí un acuario comunitario donde convivan otras lenguas, otros puntos, otras miradas y el mismo hábitat. Un sistema carcelario de bocas constreñidas. Algo que no se deje ver, y era entonces cuando me llevaba a lo más exacto de su sexo, incrustaba en él esa pureza, la integridad del líquido, su cúmulo hídrico. Movía despacio sus pómulos, como vaticinando el contraste. Una catarata.
Su acuario estaba adentro, queriendo ser yo y una diversidad de acuarios. Queriendo ser Proust y una diversidad de yoes.
Nada fluctúa menos que estos grados de signos lacustres. La luz indirecta, la inmensidad del deseo errático. Iba a salir ileso, sólo que otra dimensión de peces rojos en la concentración salina me aportaba el dato que se extingue cuando la fragmentación deja de identificarnos. Mi acuario estaba afuera.
Como un contrato distrófico, la fotosíntesis perdía toda fijación. En la arena coralina se disgregaba el suelo. La disolución de la grava. Las estructuras inconexas del espacio apoyado sobre los pies. Por osmosis.
Después creí que ambos seríamos los acuaristas y la introduje inicialmente al pequeño oleaje, dentro de las cosas mías. Las que podía mostrar y las que no. Las que podían verse y las que no. Todo comportamiento habitual deja de serlo cuando algo nos deshabita. El equilibrio del último pez licuado en las burbujas renovadas del parto radicaliza el estertor. La fatiga del músculo. Queríamos ser también los mismos otros, un coito profundo.
El depredador atávico aún conserva la magnitud de su especie, como un contrato ancestral entre las algas que nos ocultan. A menudo suele suceder que la filtración mengua después del desagüe. Una pérdida encumbrada, los orificios del ceremonial. El miedo.
Un pacto onanista entre mi piel y mi piel. El reflejo del acuario que nunca fui. Nos vemos detrás del cemento. Construidos a la perfección. Ella vuelve en sí, ahora yo soy mi acuario.

4 comentarios:

Javier F. Noya dijo...

Humedad encerrada en la clarividencia de que una supervivencia colectiva se hará indefectiblemente océano. Un totalidad y a la vez una pérdida, paradojas de la existencia, qué se le va a hacer. Un placer, como siempre, leer tus relatos. Saludos.

menta producciones dijo...

Muchas pero muchas gracias amigo querido y un abrazo intersticial de acuario existencialista

Matusalénica de Otro Diluvio dijo...

hola Fabricio, no sé cómo llegué a tu pag. Web y ella me trajo aquí.Que bueno lo que haces! Me encanta como jugas con las palabras para mostrar una realidad que -tantas veces- nos desborda.
Abrazo Te!
Ariana

Mundo Manifiesto dijo...

Que actualice, que actualice, que actualice!

Abrazo Te!

Ari